miércoles, 4 de marzo de 2020

LIBERTAD Y RESPONSABILIDAD

 Jeremías Ramírez Vasillas

En el capítulo 8 de la Primera Carta a los Corintios, el apóstol Pablo aborda el problema de comer o no comer la carne que venden en el mercado o que ofrecen en las casas, la cual ha sobrado de los sacrificios a los ídolos. ¿Está bien comerla o no? Si los ídolos (supuestos dioses) nada son, ¿por qué evitar un manjar rico y barato? Quizá esta era la pregunta a la que alude la respuesta del apóstol y la manera en que inicia su disertación.
            La respuesta va más allá de la afectacióm personal, pues en el mundo lo que hacemos para bien o para mal a alguien beneficia o a alguien afecta, aparte de a nosotros. Es decir, hay un impacto social, Entonces, no podemos usar nuestra libertad irresponsablemente. Este es el eje de esta disertación.

1.  En cuanto a lo sacrificado a los ídolos (eidölothuta), sabemos que todos tenemos conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica.
2. Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como debe saberlo.
3. Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él.

Hoy usamos la palabra “ídolo” de una manera muy laxa. En los textos del viejo y nuevo testamento Idolo (refiriéndose a una imagen, figura) se usaba para nombrar a la representación de una divinidad a la cual se le rendía culto. En este sentido, era una imagen venerada. Se trataba de un objeto que representaba o que contenía a una deidad, a un espíritu o a un demonio.
A estos ídolos se les sacrificaban animales en las festividades religiosas o en los cultos domésticos. Lo que “…sobraba era la eidölothuta es decir, la parte de carne que quedaba después de los sacrificios. Los paganos le daban el nombre de hierothuton (1 Co. 10:28). Esa parte restante «era bien para comerse sacrificialmente, bien era llevada a casa para las comidas privadas, o bien era vendida en los mercados».
Pablo habla en el primer versículo que “todos tenemos conocimiento”, pero ¿a qué conocimiento se refería? En le versículo 4 lo explica: un ídolo “nada es en el mundo”, pues “no hay más que un Dios”. Pero no todos, sobre todos los recién convertidos, lo que se iniciaba en el camino de Dios, lo sabían. Para ellos aún les infundía temor los dioses, los ídolos.
Y el apóstol advierte que este conocimiento no debe ser motivo de orgullo o de envanecimiento, porque ese es el riesgo del conocimiento. Por su propia naturaleza, dice Kennet E. Bailey en su comentario al Nuevo testamento, que “el conocimiento crea fácilmente el orgullo y la arrogancia. Aquel que posee gran cantidad de conocimientos puede mirar con facilidad a los menos informados por encima del hombro”. Leslie Newbigin decía que “los eruditos bíblicos de occidente son como caníbales”.
Si este conocimiento se usa para sentirse más que los demás es destructivo por bueno que sea tal cocimiento. El amor, por el contrario, edifica. El conocimiento que tiene como componente el amor es el que vale.
Cabría señalar que amar a Dios significa amar al hermano, por ignorante que sea. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? (1 Juan 4:20). Y cuando amamos a Dios (amando a nuestros hermanos), somos conocidos por Él. Y en la vida lo importante es ser conocido por Dios. Si Dios nos conoce es que somos de él. Si no nos conoce estamos perdidos. “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. (Mateo 25:40). El amor a otros es reconocido por Dios como amor hacia Él. Además, como más adelante, en esta carta, el apóstol afirma: sin amor “nada somos”, sólo címbalo que retiñe. Es decir, puro ruidito, y aunque hagamos muchas cosas sorprendentes: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve”. Y cuando lleguemos a la presencia del Padre esto puede suceder: Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad. (Mateo 7:22-23). Aquí el Señor subraya la importancia de ser conocidos por Él.
En Nahum 1:7 leemos: “Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían”. Los que aparentan conocerlo, no los conoce (2 Ti. 2:19: Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos; y: Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo… Éx. 33:12: Y dijo Moisés a Jehová: Mira, tú me dices a mí: Saca este pueblo; y tú no me has declarado a quién enviarás conmigo. Sin embargo, tú dices: Yo te he conocido por tu nombre, y has hallado también gracia en mis ojos.). Los que conocen a Dios son conocidos de Dios (Gá. 4:9: …mas ahora, conociendo a Dios, o más bien, siendo conocidos por Dios, ¿cómo es que os volvéis de nuevo a los débiles y pobres rudimentos, a los cuales os queréis volver a esclavizar?).
Conocer a Dios es mucho más que tener información de él. Job tenía información, pero le faltaba conocerlo en verdad: “De oídas te conocía (teóricamente) pero ahora mis ojos te ven (Job 42:5)

4 Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos, sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios.
5 Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo, o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores),
6 para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él.

Pablo negaba realmente la existencia de estos pretendidos dioses, manteniendo que los que adoraban ídolos (entidades vacías) adoraban en realidad demonios o malos espíritus, agentes de Satanás (1 Co. 10:19–21: Qué digo, pues? ¿Que el ídolo es algo, o que sea algo lo que se sacrifica a los ídolos? Antes digo que lo que los gentiles sacrifican, a los demonios lo sacrifican, y no a Dios; y no quiero que vosotros os hagáis partícipes con los demonios. No podéis beber la copa del Señor, y la copa de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor, y de la mesa de los demonios).
Pero nosotros, afirma Pablo, sabemos que hay un solo Dios y que Cristo es la fuente del universo, como lo reiteró en otras cartas. (Romanos 11:36: Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén. y en Colosenses 1:15–20: Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. También el apóstol Juan lo afirma: Juan 1:3: Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
7 Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a ídolos, y su conciencia, siendo débil, se contamina.
8 Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos.

Es la fuerza de la costumbre que sigue aferrándose a ellos cuando comen estos alimentos. Los comen como «un sacrificio a los ídolos» (hös eidölothuton), aunque ya no creen en los ídolos. En Mateo 15: 17-20 leemos: “¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al vientre, y es echado en la letrina?
Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre.  Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer con las manos sin lavar no contamina al hombre”. De modo la comida o la abstención de comida nos hace más o menos ante Dios.

9 Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles.
10 Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil, ¿no será estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos?
11 Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil por quien Cristo murió.
12 De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis.
13 Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano.

“Mirad que vuestra libertad”, oh qué llamado a la responsabilidad. Nadie debe vivir como si los demás no existieran, aun cuando supuestamente hacemos las cosas correctamente. “Este principio se aplica a todas las relaciones sociales en cuestiones de leyes, salud y moralidad. Los iluminados tienen que considerar el bien de los no iluminados, o no tienen amor” (Robertson).
            Porque si alguno te ve… aquí el habla a los que se han vuelto líderes, en modelos, en maestros, a los que supuestamente son diestros en la palabra… sentado a la mesa. La Biblia textual es más gráfica: dice: “reclinado en un lugar de ídolos”, de modo tal que “Esta osadía de participar en un banquete sacrificial es por ella misma idolátrica, como lo mostrará Pablo”.  
            ¿Cómo se debe ejercer esta libertad? Pablo le proporciona una guía muy clara en el capítulo 10: 23-33:

Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica.
Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.
De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud.
Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia.
Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud.
La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro?
Y si yo con agradecimiento participo, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias?
Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.
No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios;
como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.

Libertad, sí, pero con responsabilidad.

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