lunes, 16 de agosto de 2021

ESTUDIO DE LA CARTA DEL APÓSTOL SANTIAGO, CAPITULO 4

Jeremías Ramírez

A medida que nos acercamos al final de la carta de Santiago advertimos que el tono va subiendo de intensidad. Aquí hace graves acusaciones: “Codician y no tienen, matan y arden de envidia…”. Considerando que la carta va dirigida “a las doce tribus que están en la dispersión”, es decir, a judíos, a quienes llama “hermanos míos”, al leer estas palabras uno se pregunta si se estaba dirigiendo a hermanos en la fe o a judíos ajenos a la iglesia. 

Sin embargo, conociendo los excesos a los que han llegado muchos miembros de las iglesias a lo largo de la historia y muchos han sido protagonistas de escándalos terribles, seguramente estos excesos debieron presentarse desde los inicios de la iglesia. Simplemente consideremos lo que el Señor les dice a algunas de las siete iglesias de Asia en Apocalipsis, por ejemplo, a la de Sardis le dice: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto”; y aun más fuerte, a la de Laodicea: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo”.

Por ello, no debe extrañarnos el tono fuerte que utiliza en este capítulo y aún más fuerte en el capítulo 5 cuando se dirige a los ricos.

Sin embargo, a pesar de que se dirige a hermanos judíos que están dispersos en diversas ciudades del imperio romano, hay aquí un mensaje y una enseñanza muy valiosa para nosotros la cual, además, explica el por qué la condición del ser humano que vive bajo los valores del mundo es tan terrible y no de Dios. Por esta razón, inicia este capítulo 4 con dos preguntas retóricas:

La amistad con el mundo

1  ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?

El origen de los problemas, de los pleitos, e incluso de las guerras entre pueblos o entre países vienen de las pasiones que combaten en el interior de los seres humanos que viven fuera de la voluntad de Dios, persiguiendo sus propios intereses. Podriamos decir que el ser humano es un esclavo de sí mismo, de su pecado. Y quien logra estar libre de las cadenas de sus pasiones puede conocer y disfrutar de la libertad, la verdadera libertad. Y entonces tenemos la capacidad de desprendernos de la esclavitud de la posesión, como le sucedió a quienes en el inicio de la iglesia aceptaban a Jesús como Señor.

Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. (Hechos 4:32)

De lo contrario Estamos sujetos a las cadenas de la codicia, la envidia y las ansias de obtener placer:

2 Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. 

Justamente vemos en el mundo el conflicto entre familias, entre bandas, entre regiones, entre naciones tienen en común su ambición la cual nunca queda satisfecha, es decir, todos ellos son rehenes del pecado. Esto fue lo que Jesús le enseñó a un grupo de judíos que habían creído en él:

"Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres? Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado". (Juan 8:32-34)

Todo aquel que hace pecado es ESCLAVO DEL PECADO. Y las pasiones es uno de los eslabones de la esclavitud más pesados, generador de guerras, pleitos, y muchos sufrimiento.

Sin embargo, quien conoce la verdad —que viene de permanecer en la palabra—pueder estar libre de ese yugo. Por ello, el apostol Pablo también le pedía a los hermanos de Corintios que no hubiera entre ellos disenciones: 

Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. (1 Corintios 1:10-11)

3 Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

Muchas veces la gente se desilusiona porque le pide a Dios y no recibe respuesta, incluso esto le sucede a muchos hermanos. La respuesta está escrita en esta carta. No recibe respuesta: “Porque pedis mal”. 

La manera para saber si estamos pidiendo a Dios de manera incorrecta es preguntarnos ¿Para qué pedimos lo que pedimos? Muchas veces pedimos salud, o un auto, o una casa… la cual tiene un fondo egoísta. ¿Quiero salud para ser útil al Señor o para seguir haciendo lo que me place? ¿Quiero un auto para usarlo en el servicio del Señor sentirme más que los demás? Cada uno tiene la respuesta. Si no recibimos lo que pedimos al Señor, hay que revisar si nuestros motivos son egoístas. De lo contrario… 

 “…que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye”. (1 Juan 5:14)

4 !!Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.

En el original no está la palabra “almas”; sólo dice “adúlteras”. Cabe señalar que no se refiere a las mujeres y que en esta palabra hay un trasfondo que entendían bien los destinatarios primarios: los judíos de la dispersión, pues tenían una larga historia de infidelidades a Dios, y aunque en tiempos de los discípulos ya no se veía la flagrante idolatría que había en tiempos antiguos, en realidad seguían siendo idolatras, idólatras del poder, del dinero, razones que motivaron a que pidieran la muerte de JesúsEsa idolatría surgía de sus pasiones.

Entonces, al decir “adúlteras” no se dirigía a las mujeres sino a todos los judíos, que en su interior seguían siendo infieles a Dios. Al amar el dinero y el poder significaba que tenían una fuerte amistad con el mundo. Por ello el Señor acusa a los fariseos, escribas, saduceos y les dice: “Si vuestro padre fuera Dios, ciertamente me amarías, pero vuestro padre es el diablo”. Terrible acusación les hace.

5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?

Varios comentaristas concuerdan la dificultad de este versículo primero porque no se haya en la escritura tal como está escrito aquí, pero además es difícil su interpretación, pero coinciden en que podemos entender este versículo de la siguiente forma: “El Espíritu anhela celosamente al creyente en sentido de impulsarlo hacia la fidelidad de Dios, pues una de las manifestaciones del fruto del Espíritu es la fidelidad (Gálatas 5:22).

6 Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.

Quien vive en el Espíritu recibe mayor gracia, es decir, mayor provisión material y espiritual, y así lo confirma la Escritura:

Isaías 66:2: “…dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra”.

Ahora bien, en el habla popular se dice que una persona es de condición humilde refiriéndose a su pobreza económica, pero la humildad debemos entenderla como “… el reconocimiento de nuestra debilidad ante el pecado y la necesidad de acudir a Dios para que nos libre de ese flagelo, lo cual sólo es posible si nos someternos incondicionalmente a Él”.

Pablo escribe: “Ya no vivo yo, sino Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

Por el contrario, el soberbio es aquel que no se somete a Dios. La palabra que usa Santiago en el versículo 6 es “hyperéfanos” que literalmente quiere decir “el que se coloca por encima de los demás”, y no sólo de los seres humanos sino hasta de Dios que ya es el colmo de la soberbia. 

Y esta soberbia es el resultado de:

1) Jamás reconocer la necesidad propia. Los de la iglesia de Laodicea decían: “Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad…” (Apocalipsis 3:17)

2) Sentirse autosuficiente. “Yo soy rico”.

3) No reconocer el pecado propio. En el mundo (y hasta en la iglesia) la gente busca alguna excusa o a alguien a quien culpar. El mejor ejemplo que encontramos al respecto está en Lucas 18:11-13:

El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 

Este fariseo no reconocía su necesidad del Señor, se sentía autosuficiente: ayuno, doy diezmos… y no reconocía su pecado, pues afirmaba: “no soy como los otros hombres”. Mientras que el publicano (que si era humilde) ni aun alzar los ojos quería, y se golpeaba el pecho diciendo: “Dios, sé propicio a mi pecador”.

Ahora bien, cuando no reconocemos nuestros pecados, ni reconociendo nuestra necesidad del perdón del Señor y pocas veces oramos porque no sentimos que necesitamos del Señor… entonces estamos en conflicto con Dios, pues como dice Santiago: “Dios resiste a los soberbios..”

Por ello es importante analizarnos para detectar en qué estamos mal, incluso podemos orar como David que le pedía a Dios: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”. (Salmos 19:12).

Para no caer en el error de la soberbia es importante…

7 Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.

8 Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones.

9 Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza.

10 Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.

Cuando los discípulos le pidieron a Jesús que les enseñara a orar vean que esta oración modelo inicia con el reconocimiento y sometimiento a Dios: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad… (Mateo 6:9-14). Hágase tu voluntad… Esto mismo dijo Jesús en el huerto de Getsemaní: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).

Este sometimiento a Dios nos da la fortaleza para resistir al Diablo. “Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo”. (2 Corintios 12:9)

Eva no tuvo poder para contrarrestar el ataque de Satanás y cayó en su trampa, pero cuando el diablo usó la misma estrategia con el Señor, sus tres intentos fallaron pues el Señor desarmó sus tres medias verdades. Y vemos que tras fallar tres veces, “El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron ángeles y le servían”.

El diablo aún tienta a los cristianos de la misma forma: “Con que Dios ha dicho…”, “Escrito está” “¿Si eres hijo de Dios…” Y la única manera de resistir sus ataques es fortaleciéndonos con su palabra. Así el Señor lo resistió. Por ello es tan importante que su palabra llene nuestros pensamientos, y esto sucede cuando todos los días leemos su palabra y buscamos aprender de memoria la mayor cantidad de versículos posible. Dice en el Salmo 119:6 “Entonces no sería yo avergonzado, cuando atendiese a todos tus mandamientos”.

El el versículo 8 de este capítulo 4 de Santiago leemos: “Acercaos a Dios y Él se acercará a vosotros”. Cómo pues podemos acercarnos a Dios. Vean que enseguida qué dice:

1) Limpiad las manos. En 1 de Timoteo 2:8, el apóstol Pablo escribió: “Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar, levantando manos santas, sin ira ni contienda”. Las manos son el símbolo de nuestras acciones, la ira y la contienda nos lleva a levantar las manos contra nuestros prójimos. Limpiar nuestras manos equivale a hacer sólo aquellas cosas que agradan al Señor. “Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres;”, escribe Pablo en Colosenses 3:23.

2) Los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. En el Salmo 119:9-11 dice: “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra. Con todo mi corazón te he buscado; no me dejes desviarme de tus mandamientos. En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti”.

3) Aflijios y lamentad, y llorad. ¿Afligirnos? Sí, dice que debemos afligirnos, lamentarnos y llorar cuando, al revisar nuestra vida a la luz de la palabra, y darnos cuenta de qué tan erradamente hemos vivido. Esto probablemente le sucedió el apóstol Pablo en esos tres días que estuvo sin ver. La Biblia no nos dice nada pero es fácil suponer que durante esa cueguera temporal tuvo el efecto de enfrentar a Pablo consigo mismo y debe haber llorado mucho, pues no por nada en ese tiempo no comió ni bebió nada. Su corazón se estaba demoronando al darse cuenta que todo lo que había estaba muy mal hecho. En Galatas 1:13 dice: “Porque ya habéis oído acerca de mi conducta en otro tiempo en el judaísmo, que perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba…” Y en Hechos 22:16, leemos que cuando Pablo presentaba su defensa en Jerusalén nos revela que cuando recibió la vista por la imposición de manos de Ananía, se quedó como estatua, mudo, inmóvil, y entonces Ananías le dice: “¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre”. Otro que lloró cuando se dio cuenta de su pecado fue Pedro. Cuando el gallo cantó por segunda vez, ´le ya había negado a su Señor tres veces y entonces lloró amargamente.

Y Santiago remata su argumento pidiendo a sus lectores: “Humillaos delante del Señor, y él os exaltará”. Job se humilló y al final fue exaltado. Muchas veces nos humillamos ante las exigencias del mundo, para no sufrir consecuencias negativas, pero siempre nos deja un mal sabor de boca, pero no así cuando nos humillamos ante el Señor pues al final Él nos levanta. 

Juzgando al hermano

11 Hermanos, no murmuréis los unos de los otros. El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez.

12 Uno solo es el dador de la ley, que puede salvar y perder; pero tú, ¿quién eres para que juzgues a otro?

Como es el estilo en esta carta, Santiago de pronto cambia de tema. Aquí aborda el espinoso tema al que todos los seres humanos somos proclives: juzgar a los demás. La palabra griega que Santiago usó para “murmuréis” es “katalalein”, que significa calumniar, difamar. 

Como vemos, esta práctica muy común actualmente no es algo nuevo. Desde tiempos antiguos, la gente que vive lejos de Dios le encanta juzgar a los demás, humillarlos, tal como lo vemos ahora en la redes sociales. ¡Qué terrible es oír palabras altamente ofensivas dichas con tal naturalidad!

La Biblia en muchos pasajes reprueba esta conducta. El salmista acusa al malvado y le dice: “Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano; contra el hijo de tu madre ponías infamia” (Salmos 50:20)

Y en Salmos 101:5 leemos: “Al que solapadamente infama a su prójimo, yo lo destruiré…· dice el Señor. Esta es una dura advertencia.

Pablo dice que en la lista de los pecados que son propios de los rebeldes a Dios está la murmuración: dice: “…murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres…” (Romanos 1: 30).

Santiago dice que quienes son proclives a manchar la honra de sus prójimos son unos usurpadores, pues el que “…El que murmura del hermano y juzga a su hermano, murmura de la ley y juzga a la ley; pero si tú juzgas a la ley, no eres hacedor de la ley, sino juez”. En efecto, murmurar, hablar mal de otro, difamarlo, es juzgarlo, pero sucede que no tenemos derecho a ser jueces porque “Uno solo es el dador de la ley”, Dios, y Él únicamente “…puede salvar y perder”. Es decir, al juzgar a un hermano estamos usurpando el lugar de Dios. ¡Vaya atrevimiento! Si este es nuestro caso, es urgente que vayamos ante el Señor y pidamos perdón y que el Señor cambie nuestro corazón, de modo que aprendamos a amar a nuestro prójimo. 

Cuando el buen samaritano atendió al hombre herido por asaltantes no lo juzgo, sino sólo tuvo misericordia. En cambio el sacerdote y el levita seguramente lo juzgaron pues ambos, al verlo, se desviaron y siguieron de largo. (Lucas 10:25-32). Cuando vemos a un indigente o a un migrante pedir dinero en la calle podemos olvidarnos si es verdadera su necesidad y ayudarlo sin pensar mal de él, en vez de cerrar la ventanilla del auto y simular que no lo vemos. 

No os gloriéis del día de mañana

13 !!Vamos ahora! los que decís: Hoy y mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y traficaremos, y ganaremos;

14 cuando no sabéis lo que será mañana. Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece.

15 En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello.

16 Pero ahora os jactáis en vuestras soberbias. Toda jactancia semejante es mala;

17 y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.

Esta actitud de hacer planes pensando sólo en nuestro beneficio es propio de esta sociedad ajena a Dios. El problema es que hasta nosotros, los cristianos, hacemos lo mismo, y en nuestro planes de negocio con frecuencia el Señor se queda afuera. Ah, pero si el negocio sale mal entonces caemos de rodillas pidiendo su ayuda. 

Hermanos, si esa es nuestra situación es importante que cada que emprendamos un negocio, un viaje, unas vacaciones, o incluso las labores de cada día, pedir su bendición y que en todo se haga siempre su voluntad.

Antes de que pidamos “el pan nuestro de cada día” hay que pedir “que se haga su voluntad en la tierra, en mi vida, en mis negocios, como en el cielo y que en cada uno de nuestros actos el nombre del Señor sea bendecido.  

Porque “¿qué es nuestra vida?”, nos dice Santiago, neblina, solo neblina que pronto se desvanecerá. Quienes ya llegamos a la tercera edad podemos decirle a los más jóvenes que cuando menos se lo esperen ya habrán llegado a la ancianidad y al hacer un inventario de nuestros hechos nos daremos cuenta que hemos logrado muy poco, incluso hasta los grandes potentados y los grandes sabios se ven en esta situación.

Uno de ellos, el rey Salomón, que era sabio y potentado, dijo:

 Acuérdate de tu creador

en los días de tu juventud,

antes que lleguen los días malos

y vengan los años en que digas:

«No encuentro en ellos placer alguno»;

antes que dejen de brillar

el sol y la luz,

la luna y las estrellas,

y vuelvan las nubes después de la lluvia.

(Eclesiastés 12:1-2)

Y Salomón remata su libro con uno de los consejos más valiosos que puede recibir un joven (vv 13-14): 

El fin de este asunto es … Teme … a Dios y cumple sus mandamientos, porque esto es todo para el hombre. Pues Dios juzgará toda obra, buena o mala, aun la realizada en secreto.

No olvidemos este sabio consejo de Santiago, que coincide con las palabras del rey Salomón: “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello”, es decir, teme a Dios y cumple sus mandamientos. 

Ya es tiempo de NO jactarnos cuando nos va bien, pues toda jactancia es mala. Además, si sabemos qué es lo correcto, hagámoslo, pues “el que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado”.

martes, 20 de julio de 2021

ESTUDIOS SOBRE HEBREOS CAPÍTULO 12

Jeremías Ramírez 

Después de una larga explicación comparativa entre el viejo y el nuevo pacto, de subrayar la relevancia de nuestro gran Sumo sacerdote, Jesús, y resaltar la importancia de la fe en el creyente, llega al capítulo 12 para impartir un mensaje exhortación sumamente valioso.

Nos pide al inicio que corramos con paciencia puestos los ojos en Jesús, y que si pasamos por sufrimientos, consideremos que nuestro Señor utiliza estas circunstancias para nuestro bien, aunque sean desagradables. Esos momentos de sufrimiento nos permiten concentrarnos en el Señor y dejamos de distraernos por los atractivos del mundo. A través de las circunstancias adversas Dios nos disciplina, es decir, nos instruye en su camino. Una vez comprendido esto, nos pide que levantemos las manos caídas y movilicemos las rodillas paralizadas y que hagamos sendas derechas para nuestros pies desechando todo aquello que turce nuestro camino, pues no nos hemos acercado al monte Sinaí, sino al monte de Sion, a la ciudad de Dios vivo, atendiendo sus amonestaciones no desechándolas, porque nuestro Dios es fuego consumidor.

En pocas palabras este es un resumen del mensaje de este capítulo. Vayamos a la lectura y al análisis.

Puestos los ojos en Jesús

1.  Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,

2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

La metáfora deportiva es muy ilustrativa de la carrera del cristiano. En primer lugar destaca que a nuestro derredor hay una gran nube de testigos, como los vemos en un estadio deportivo, y muchos están observando nuestro desempeño. Pero, ¿Quiénes son estos espectadores? 

Primero veamos que dice “Por tanto, nosotros también…”, haciendo referencia a los que nos precedieron, los antiguos, los héroes de la fe, los profetas, quienes fueron objeto de observación tanto de los mismos israelitas, como de la gente de los pueblos vecinos y de las huestes celestiales. Por ejemplo, Job era observado con atención por Satanás. 

Nosotros creemos a veces que nadie ve lo que hacemos, que podemos pasar de incógnitos, como la demás gente, la masa, dicen los sociólogos, pero la verdad es que no. Nuestro testimonio, bueno o malo, es observado “por una nube de testigos”, y por ello es muy importante el compromiso de despojarnos del peso y del pecado que nos impide correr con libertad. 

Los antiguos atletas griegos, para competir, se quitaban la ropa y corrían desnudos, sin estorbos. Estos estorbos son en nosotros nuestros compromisos mundanos, nuestras ambiciones, nuestras rencillas, nuestra pereza, nuestra falta de fe, nuestra apatía. Y para que todo ello se vaya de nosotros debemos de pedir al Señor que nos ayude a quitarlo de nuestra vida y seamos capaces de volar como las águilas. 

Pero el mayor impedimento es el pecado, el cual, por una u otra causa, es dificil de erradicar y seguimos atesorando los que más nos gustan y que a veces creemos que son inofensivos. Es hora de eliminarlo con el poder del Señor cuya sangre tiene el poder de limpiarnos de toda maldad.

Una vez hecho lo anterior, corramos con paciencia. ¿Qué significa correr con paciencia? Que no importa qué tan larga es la ruta o incomprensible lo que hagamos para el Señor y para nuestros hermanos, es importante que no desmayemos, aunque parezca que nada pasa, aunque sintamos que vamos corriendo solos o que nadie nos toma en cuenta, sigamos esforzándonos sin desmayar. Estamos en la carrera más importante de nuestra vida, y por ello debemos tener claro el rumbo.

Y para mantener el rumbo hay que poner los ojos en nuestro Salvador. No perderlo de vista, no olvidarnos de él, Por lo que debemos leer nuestra Biblia todos los días para tener presente su palabra, y debemos orar, orar sin cesar, haciendo partícipe al Señor en todas nuestras decisiones.

3 Considerad a aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar.

Al leer nuestra Biblia, particularmente los evangelios, vemos al Señor cómo es asediado por los fariseos, los saduceos, los herodianos, los escribas y hasta por sus familiares. Por eso dice “que sufrió tal contradicción de pecadores”. Nosotros, si andamos en el Señor, también vamos a sufrir oposición, incluso de quienes amamos. Si el Señor es nuestro ejemplo, nuestro modelo a seguir, y vemos que él sufrió tal oposición, nosotros también vamos a padecer, pero no hay que tener miedo pues está de nuestro lado aquel que dijo “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo”. (Juan 16:33)

4 Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado;

Por lo visto, los destinatarios de esta carta aun no habían sufrido persecución física ni nadie había muerto. La lucha contra el pecado puede ser simplemente con críticas o infundios o mentiras, pero puede subir de nivel hasta ser encarcelados, azotados, y asesinados, como le sucedió a los discípulos, a muchos creyentes de esa época y de varias épocas a lo largo de la historia. Actualmente hay muchos de nuestros hermanos que sufren persecución, como dan fe organizaciones como “Puertas abiertas”.

5 y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo:

Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor,

Ni desmayes cuando eres reprendido por él;

6 Porque el Señor al que ama, disciplina,

Y azota a todo el que recibe por hijo.

Aquí reproduce una cita de Proverbios 3:11-12, en la que vemos que los antiguos hebreos ya sabían que Jehová cuidaba de sus hijos y los disciplinaba, y ese mismo cuidado, al transcribirlo el autor en esta carta, nos corrobora que Dios nos sigue disciplinando de ese modo. 

El apóstol Pedro nos advierte: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese…” (1 Pedro 4:12). Para un cristiano no hay nada extraño ni fortuito, porque además debemos tener siempre presente que “todas las cosas (es decir, todo lo que nos sucede) ayudan a bien a los que a Dios aman…” (Romanos 8:28).

7 Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?

8 Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.

9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?

10 Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.

Un buen padre corrige y disciplina su hijo. Actualmente estamos viendo una tragedia generacional de padres que no quieren corregir a su hijos. Uno de los factores que ha disparado la delincuencia ha sido precisamente esa falta de disciplina y, por ende, falta de amor. Detrás de un niño mal portado hay un padre indolente. Pero nuestro Dios es un padre perfecto, por eso nos disciplina perfectamente a través de las circunstancias dificiles de la vida y, como buenos hijos, tomando en cuenta este maravilloso amor de Dios, tenemos que aprender no sólo a soportar la disciplina sino a aprender de ella, aunque no siempre queramos hacerlo. Las reacciones que tenemos ante la disciplina del Señor puede ser de cinco formas:

1) Aceptar resignadamente. Pero quien se resigna, simplemente queda amargado y no alcanza a ver la mano amorosa de Dios, ni aprovecha sus enseñanzas. En el fondo nos queda un resabio de amargura.

2) Aceptar con el gesto ceñudo, como un niño que le incomoda el regaño, y que lo acepta a disgusto, es igual que el anterior pues nos privamos de crecer y aprender.

3) Podemos aceptarla con un complejo de víctima. En el fondo hay un ¿por qué a mi si hay otros peores que yo? También nos deja al margen de la bendición de la disciplina.

4) Podemos aceptarla como un castigo que se impone y entonces nos pasamos la vida tratando de encontrar la causa por la que fuImos castigados. Si la encontramos hay cierta resignación; si no la encontramos, podemos creer que no merecíamos tal castigo, que Dios es injusto.

5) O la podemos aceptar con la expectativa de que nos viene de un padre amoroso, y que podemos aprender y crecer y ser mejores cuando termine el proceso. Job aprendió a ver a Dios ya no de oídas sino directamente. Un hermano de Bulgaria, tras 11 años en las cárceles comunistas, aprendió a ver el poder de Dios manifestándose en su vida, y en la de sus compañeros de prisión, pues él fue el vehículo para que muchos en esos lugares de tormento tuvieran un encuentro con Dios.

11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

En Santiago 1: 3 leemos que debemos “tener por sumo gozo cuando nos encontremos en diversas pruebas”, pero nos cuesta trabajo hacerlo realidad. Nos esforzamos y lo único que deseamos es que pase pronto la prueba. En esta capitulo de hebreos nos dice por qué nos pasa eso: “porque ninguna disciplina parece ser causa de gozo”. Pero quien confía en Dios sabe que el Señor está con él y que al final saldrá vencedor y con un saldo favorable. Porque todas las cosas ayudan a quienes a Dios aman, leemos en Romanos 8:28, pero como aquí escribe el autor de hebreos, a pesar de ello, “ninguna discIplina al presente suele ser causa de gozo”.  

Esto no contradice lo que está escrito en Santiago, es decir, que el sufrimiento en sí no es la fuente de la que brota el gozo, como cuando recibimos un regalo, pero considerando que es algo que Dios permitió para nuestro beneficio, tenemos que aprender a ver el lado favorable en la prueba. Eso nos permitirá soportarla y a aprovecharla, pulirá nuestra vida para ser semejantes a la de Cristo. Y eso sí debe llenarnos de gozo. Ahora, no es fácil aprenderlo, pero una actitud correcta, como lo vimos anteriormente, nos ayudará a entrar en la sintonÍa adecuada, considerando, dice Barclay, que: “El cristiano sabe que la mano del padre nunca causará a su hijo una lágrima innEcesaria y que todo vale para hacerle a uno más sabio y mejor persona”. 

Los que rechazan la gracia de Dios

12 Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas;

13 y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.

Así que ánimo, levanten las manos caídas por el desaliento, que se desentuman esas rodillas espirituales inmóviles, y a caminar. Y para que no nos salgamos del camino, hagamos sendas derechas para nuestros pies. En el Salmo 119:105 encontramos una enseñanza para hacer sendas derechas: “Lámpara es a mi pies tu palabra y lumbrera a mi camino”. La palabra nos ayudará a trazar sendas correctas; entonces, a estudiar la palabra y a aplicarla en nuestras vidas. Porque “A quien iremos”, le dice Pedro al Señor, “sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). Y en Salmos 119:9:  “¿Con que limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra”. 

14 Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

Es muy sencillo en este mundo tener pleitos y enemistades, incluso brotan las rencillas por motivo absurdos como el color de piel o las posesiones. Y por ello es tan dificil estar en paz con todos. El apóstol Pablo escribe en Romanos 12:18: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres”. Es decir, el cristiano debe agotar todos los recursos posibles para estar en paz, y esto significa que aunque nos molesten las actitudes y comportamientos de los demás debemos pedirle al Señor fortaleza para que no nos afecten, y que no los veamos con rencor, sino con misericordia, pues si ellos no conocen al Señor son victimas del pecado y están expuestos a todo mal. 

Ahora bien, la fortaleza que necesitamos para estar en paz con todos viene del Señor. Dice en Proverbios 3:1-2: “Hijo mío, no te olvides de mi ley, y tu corazón guarde mis mandamientos; Porque largura de días y años de vida Y paz te aumentarán”. Si guardamos sus mandamientos, la paz se aumentará”.  

Y la santidad es tan importante pues es lo que nos permitirá ver al Señor pues tal como somos, pecadores, es imposible verlo. ¿Por qué quienes no creen no Dios no lo pueden ver a Dios y por ello creen que no existe? Porque no hay santidad. La santidad (que en griego es la palabra “haguiasmós” la cual una de sus acepciones es separación). Es importante separarnos del modo de vida mundano por la obra del Espíritu Santo en nuestros corazones. Como hijos de Dios debemos ser notoriamente diferentes en medio de una sociedad pecadora. Insisto: esa diferencialidad proviene de un corazón redimido y la cual debemos cuidar y cultivar, aunque seamos tentados en algunos momentos a ser como todos, a ser como el mundo y comportarnos como tal. Y es muy fuerte la presión social.

15 Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados;

Si no buscamos esa paz y nos fortalecemos con la palabra y la oración los sentimientos negativos surgidos de los conflictos echan raíces y las semillas del rencor impulsan el crecimiento del árbol de la amargura. Y un corazón amargado es altamente tóxico y contagioso y muchos pueden ser contaminados. Por este mundo sin Dios (veamos las redes sociales) corren ríos tóxicos de amargura y odio. Y a veces estas aguas amargas salen de corazones de hijos de Dios de quienes deberían brotar “ríos de agua viva”.

16 no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.

17 Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.

Oh, Esau, Esaú. ¿Por qué cambió el privilegio y la bendición de la primogenitura por un plato de lentejas? ¿Qué significaba esa primogenitura? El hecho de que el autor de Hebreos le diga a Esaú “profano”, nos permite entender muchas cosas. La palabra “profano”, viene del latín profanus y significa pro = fuera y fanum = templo", fuera del templo". Además la raíz de la palabra “fornicario” es “vender”, lo cual tiene relación con lo que hizo Esaú con su primogenitura. En Génesis 25:31 dice: “Y Jacob respondió: Véndeme en este día tu primogenitura”. Y en el 33 se nos dice: “y le vendió a Jacob su primogenitura”. 

¿Por qué se la vendió? Porque Esaú le daba más importancia a sus apetitos carnales, y quien tiene esta actitud desprecia la bendición que Dios otorgaba a los primogénitos. A Esaú no le interesaba Dios ni la proyección de si mismo en las edades por venir. Era un profano y un fornicario quien además esto se reafirma cuando se ligó a mujeres heteas, conocidas por su permisividad moral y que fue disgusto para sus padres (Génesis 26: 34-35): “Y cuando Esaú era de cuarenta años, tomó por mujer a Judit hija de Beeri heteo, y a Basemat hija de Elón heteo; y fueron amargura de espíritu para Isaac y para Rebeca”. 

18 Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar, y que ardía en fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad,

19 al sonido de la trompeta, y a la voz que hablaba, la cual los que la oyeron rogaron que no se les hablase más,

20 porque no podían soportar lo que se ordenaba: Si aun una bestia tocare el monte, será apedreada, o pasada con dardo;

21 y tan terrible era lo que se veía, que Moisés dijo: Estoy espantado y temblando;

22 sino que os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles,

23 a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos,

24 a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel.

Del versículo 18 al 24 hace un comparativo entre la relación existente entre Dios y los hombres. En el antiguo pacto era de miedo, de terror y este temor los vemos claramente cuando Moisés recibe la ley en monte Sinaí, experiencia insoportable y terrible que dejó a Moisés espantado y temblando. Pero los cristianos no nos hemos acercado a este monte sino a Sion, donde la mediación de Cristo permite una relación con Dios tersa, amable y amorosa. Y como no tiene nada de terrible la gente duda si es posible llegar a Dios a través de Cristo. Incluso los discípulos no alcanzaban a verlo. Felipe le dijo al Señor: “…muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? (Juan 14:8-9).

Ahora bien, es la sangre de Cristo la que nos asegura esta nueva relación con el padre, y el autor de Hebreos nos dice que habla mejor que la de Abel. La de Abel hablaba de venganza. En Génesis 4:10 vemos que Dios le dijo a Caín: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. En cambio la del Señor, es una llave poderosa de amor. Leemos en Hebreos 9:14: “¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

25 Mirad que no desechéis al que habla. Porque si no escaparon aquellos que desecharon al que los amonestaba en la tierra, mucho menos nosotros, si desecháremos al que amonesta desde los cielos.

Ahora bien, como creyentes debemos dar la importancia debida al Señor Jesús y a su obra en nuestras vidas. 

26 La voz del cual conmovió entonces la tierra, pero ahora ha prometido, diciendo: Aún una vez, y conmoveré no solamente la tierra, sino también el cielo.

27 Y esta frase: Aún una vez, indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles.

Vivimos en un mundo que cambia todos los días, un mundo pasajero que como leemos en Santiago 1:11: “Porque cuando sale el sol con calor abrasador, la hierba se seca, su flor se cae, y perece su hermosa apariencia; así también se marchitará el rico en todas sus empresas”. Por ello, finalmente todo será conmovido para dar paso a una realidad inconmovible.

28 Así que, recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia;

29 porque nuestro Dios es fuego consumidor.

¿Y si ya somos ciudadanos de un reino inconmovible, cuál debe ser nuestra actitud? Una sola: GRATITUD. La gratitud es el indicador de que hemos aprendido a valorar el gran precio de nuestra salvación y de la promesa que se nos hace como hijos de ir a vivir con Cristo en las mansiones celestiales. El agradecimiento no es una respuesta verbal amable, sino el profundo reconocimiento de la obra de Dios y como resultado de ese reconocimiento brotará de nuestro corazón un enorme sentido de gratitud por el salvador que dio su vida por nosotros. Y es esta actitud agradecida la que nos permite agradar a Dios. Y no olvidemos que nuestro Dios es fuego consumidor.



domingo, 27 de junio de 2021

QUMRAN de Eliette Abécassis


Jeremías Ramírez


A finales de 1946 unos beduinos encontraron accidentalmente en las cavernas cercanas al Mar Muerto, unas vasijas que contenían rollos de papiro e casi 2000 años de antigüedad. Los beduinos ignoraban la importancia histórica y religiosa de estos rollos y los vendieron a precio bajo a comerciantes que hicieron un lucrativo negocio.

Estos rollos pertenecían a la secta de los esenios que existió en tiempos de Jesús. Su desaparición se debió a que, en el año setenta, el ejército romano destruyó Jerusalén, persiguió a los rebeldes judíos y destruyó sus ciudades. Esta oleada destructiva alcanzó a los esenios. 

Antes de que la mano de Roma los alcanzara, los esenios escondieron sus manuscritos en las cuevas de las montañas cercanas y los resguardaron dentro de vasijas de barro. Y ahí permanecieron durante casi 20 siglos sin que alguien los descubriera. 

Estos rollos del Qumrán son manuscritos de las doctrinas de los esenios y fragmentos de la Biblia, lo cual vino a abrir nuevas áreas de conocimiento sobre sus creencias que hasta entonces se desconocían.

El hallazgo de los rollos se dio en medio del complicado conflicto político por la inminente declaración de la ONU en la que adjudicaría como propiedad del Estado de Israel una parte del territorio que era de los palestinos, quienes llevaban viviendo ahí mucho tiempo. Las naciones vecinas, como Egipto, Jordania, entre otros, se oponían pues consideraban a los judíos como unos intrusos. 

Cuando se dieron a conocer los primeros rollos su revelación sacudió a los investigadores y al mundo religioso e incluso alcanzó al público no especializado. Y surgieron diversas leyendas tratando de descalificar al cristianismo. Una de esas leyendas afirmaba que Jesús y a Juan el Bautista pertenecían a alguna rama de los esenios, y que el cristianismo no es más que esenismo, como afirma Paul Johnson en su libro Historia de los judíos. Sin embargo, los rollos confirman la veracidad y precisión de las versiones de la Biblia que nos han llegado. 

Eliette Abecassis  utiliza estos hechos para construir una novela policiaca, pero al mismo tiempo crea un lienzo expositivo de las creencias judías sobre el Mesías.  

La novela consta de ocho capítulos que corresponden a ocho supuestos pergaminos: el de los manuscritos, el de los santos, el de la guerra, el de la mujer, el de la disputa, el de las grutas, el perdido y el del Mesías.

 Cada capítulo inicia con la transcripción de un fragmento de los rollos mencionados y que sirve como introducción temática capitular. 

La trama se desarrolla a inicios del siglo XXI cuando las autoridades judías buscan rescatar un pergamino perdido que alguien lo guarda para evitar su divulgación pues se teme ese rollo destruya el edificio religioso cristiano que ha logrado mantenerse con cierta solidez durante 20 siglos. 

Las autoridades judías contratan al paleógrafo David Cohen para que busque quién tiene ese rollo perdido y, cuando lo encuentre, verifique su autenticidad. Para su protección personal comisionan a Ary, hijo del paleógrafo, quien tiene entrenamiento militar, pero que se ha unido a un grupo de judíos ortodoxos que viven en el barrio Mea Shearim, una especie de gueto en Jerusalén, y dedicarse a estudiar la Torá.

A medida que David y Ary empiezan su trabajo de investigación encuentran que los sospechosos de tener el rollo van siendo asesinados y crucificados y pronto padre e hijo se convertirán en blanco de los ataques. 

David y Ary sospechan que el rollo lo tiene el sacerdote católico, Pierre Michel, quien vive en Nueva York. Acuden a su departamento, pero cuando llegan éste ha huido, y encuentran dentro del departamento a una mujer: Jane Rogers, periodista neoyorquina que trabaja para la revista Biblical Arquelological Review, dirigida por Paul Johnson (no confundir con el autor de Historia de los judíos, este es un personaje ficticio). 

¿Cómo llegó esa mujer ahí? ¿Qué busca? Y mientras hablan con ella, un grupo de encapuchados irrumpe violentamente, golpean a Ary, y secuestran a David.

Ary y Jane se unen para localizar a David y, al mismo tiempo, seguir buscando el rollo perdido. Como no tienen pistas ni idea por donde empezar se les ocurre organizar una rueda de prensa donde prometen dar a conocer el rollo perdido y con ello atraer a los secuestradores pues piensan que el objetivo de ellos es el rollo. 

A la rueda de prensa acuden especialistas y reporteros, pero también el ex sacerdote, Pierre Michel, quien lleva el rollo perdido y pretende revelar su contenido. Antes de mostrar el pergamino Michel hace una disertación sobre su contenido en el cual afirma que el Jesús histórico es un desconocido para la cristiandad. 

Antes de que Pierre Michel pueda revelar la identidad de Jesús, Paul Johnson, saca una pistola y lo mata. En el caos que se genera Jane toma el pergamino y huye con Ary. Como ambos saben que permanecer en Estados Unidos es peligroso deciden viajar a Israel. Pero antes de que puedan escapar un desconocido los ataca, pero logran dominarlo. El agresor es un israelita llamado Kair Benyair, quien se niega a hablar. 

Una vez instalados en un hotel, en Jerusalén, Ary se da a la tarea de buscar a los beduinos que encontraron los rollos en Qumrán y logra localizar a Yohi, el hijo del beduino que encontró los rollos, y quien lleva varios años muerto. Yohi le cuenta que su padre, quien se llamaba Falipa, no encontró nada, sino que un extraño personaje le llevaba los rollos y su padre se encargaba de venderlos, pero cuando las otras tribus descubrieron que se estaban volviendo ricos los saquearon. Cuando Ary le pregunta el nombre de ese personaje resultó ser Kair Benyair. 

Ary regresa al hotel y tras interrogar y presionar a Benyair éste acepta llevarlos a las cuevas del Qumrán donde asevera hay más documentos ocultos. Los tres se internan en las entrañas del desierto de Judá y entran a unas cavernas desconocidas, pero justamente cuando han llegado al recinto donde hay más documentos aparecen unos hombres, matan a Benyair y apresan a Ary, pero Jane, que no ha entrado con ellos, al ver que no salen de las cuevas, regresa a Jerusalén para dar aviso a las autoridades. 

La novela tiene a ratos pasajes bien armados con mucha tensión dramática, como una buena novela policiaca, pero de pronto se pierde y al final trata de sorprender al lector con la aparición injustificada de los esenios quienes, dice, han vivido ocultos en las cuevas del Qumrán durante casi veinte siglos y ahora están por cambiar la historia. 

En las cuevas, Ary encuentra a su padre, quien fue secuestrado por miembros de los esenios, y la que ha pertenecido siempre. Los esenios obligan a Ary y a David a escribir todo lo que han encontrado en su investigación.

La novela termina con la transcripción del supuesto rollo perdido que no es más que una mezcla del Evangelio según San Juan con fragmentos de algunos de los rollos del mar muerto existentes y otro tanto de ficción. 

Pudo ser una buena novela policiaca, pero la autora se perdió forzando la trama con un argumento forzado, mesiánico, místico, en la que termina extraviándose. Tratando de ser interesante se enreda y pierde lo que había logrado de misterio y tensión en los pasajes más policiacos de la novela.

Lástima. Este libro me deja una lección: no volver a leer nada de doña Abecassis, pero le agradezco que me haya motivado a investigar más sobre los Rollos del Mar Muerto y descubrir cosas que no conocía.


sábado, 19 de junio de 2021

ESTUDIO SOBRE HEBREOS, CAP. 8

Jeremías Ramírez


Dice Ernesto Trenchard en su estudio sobre el libro de Los Hebreos: “…que se podría considerar la sección 8:1 hasta 10:18 como una porción homogénea, ya que en toda ella se presenta el ministerio del Señor en el tabernáculo permanente”. Sin embargo, este largo pasaje se divide en tres temas: “El nuevo pacto” (8:1-13), “”El ministerio del sumo sacerdote” (9:1-28) y “El sacrificio del sumo sacerdote” (10:1-18).

El mediador de un nuevo pacto

1  Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos,

2 ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre.

3 Porque todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por lo cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer.

En estos versículos el autor centra la atención del lector subrayando el punto principal: “…tenemos TAL SUMO SACERDOTE”. Con el adjetivo TAL el autor añade un significado ponderativo o intensificador ante las características de algo que se acaba de mencionar o es conocido. En este caso, es que el sacerdocio del Señor es de la orden de Melquisedec, que como hemos visto, es superior a la orden Aarónica, además que su sacerdocio es único, eterno, es decir, para siempre, sin principio ni fin; que Dios confirmó con un juramento; y que se basa no en algún nombramiento legal ni en requisitos raciales (ser descendiente de Aarón); que la muerte no puede afectar; que puede ofrecer un Sacrificio que no hay que repetir; que no tiene necesidad de ofrecer sacrificio por sus propios pecados. «¡Es precisamente un Sacerdote así el que tenemos en Jesús!», el cual se ha sentado a la diestra del trono de la Majestad de Dios en el Cielo, y es el Ministro del Santuario, único en majestad y en servicio o ministerio. 

El ministerio supremo del Sacerdote es abrir el camino hacia Dios a través de ofrendas y sacrificios. Los sacerdotes de la orden Aaronica lo hicieron repetidamente, año tras año, pero Jesús ha suprimido de una vez y para siempre las barreras que había entre Dios y el hombre, ofreciéndose a sí mismo como ofrenda y sacrificio y nos ha dejado un camino, que es Él mismo (Yo soy el camino, nos dice en Juan 14:6), y por este camino el hombre puede llegar a la presencia de Dios.

4 Así que, si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que presentan las ofrendas según la ley;

5 los cuales sirven a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte.

Todos los sacerdotes israelitas debían ser parte de la familia levítica y de la descendencia de Aarón, como ya hemos dicho. El Señor Jesús era descendiente de Judá por lo tanto estaba impedido para que fuera designado como sacerdote, pero como es de la orden de Melquisedec, su sacerdocio es celestial.

Ahora bien, los sacerdotes terrenales servían siguiendo un modelo celestial, pero a pesar de seguir ese modelo sólo era una figura y sombra de las cosas celestiales.

Dios le dijo a Moisés: «Mira que los hagas de acuerdo con el modelo que se te ha mostrado en el monte» (Exodo 25:9; Exo 25:40 ). Dios le había mostrado a Moisés el modelo real del que todo culto terrenal es sólo una copia difusa; de modo que los sacerdotes terrenales cumplen un ministerio que no es más que una figura y sombra del orden celestial. 

Para la expresión “figura” el autor utiliza la palabra griega: hypodeigma, que quiere decir “boceto o copia”; y para “sombra” usa la palabra skiá, que quiere decir precisamente sombra, reflejo, fantasma, silueta. De modo que el sacerdocio terrenal, en tanto es sólo una copia, no puede introducirnos a la presencia de Dios. 

6 Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas. 

7 Porque si aquel primero hubiera sido sin defecto, ciertamente no se hubiera procurado lugar para el segundo.

Pero Jesús si puede introducirnos a la presencia de Dios, es la razón por la que se le  llame Mediador (Mesités) de un mejor pacto. Mesités viene de mesos, que quiere decir en medio. Un mesités es alguien que se coloca entre dos personas que están enemistadas y las reconcilia. En el griego jurídico, mesités era el avalista, garante o fiador. Es decir, era que estaba dispuesto a pagar la deuda de un amigo para arreglar las cosas. 

El Señor Jesús es nuestro avalista, nuestro garante, nuestro fiador, pues es quien lleva a cabo la intermediación, no en un tabernáculo terrenal, sino en uno celestial (es decir, que levantó el Señor y no el hombre), y que se sienta a la diestra (a la derecha) del trono de la Majestad en los cielos. Y quien actúa permanentemente desde el gran centro de todas las cosas donde se ejecutan todos los designios del altísimo.

En suma: Jesús es nuestro perfecto Mesités: porque se coloca entre nosotros y Dios. Abre el camino a la realidad y a Dios, y es el único que puede efectuar la reconciliación entre el hombre y Dios y su pacto es mucho mejor y está establecido sobre mejores promesas. Y esto es así porque el primero no fue perfecto (sin defecto), pero este segundo no tiene defecto. 

8 Porque reprendiéndolos dice:

    He aquí vienen días, dice el Señor,

    En que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto;

9 No como el pacto que hice con sus padres

El día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto;

Porque ellos no permanecieron en mi pacto,

Y yo me desentendí de ellos, dice el Señor.

En la Biblia, la palabra griega que se usa para pacto es diathéké. Por lo general, un pacto es un acuerdo en el que entran dos partes en igualdad de condiciones y, que si una de las partes incumple, el pacto queda anulado. 

Debemos tener presente que la palabra pacto en la Biblia no quiere decir que hemos llegado a un acuerdo con Dios en igualdad de condiciones, sino que toda la iniciativa pertenece a Dios. Él ha fijado los términos del pacto y el hombre no puede modificarlos. El Antiguo Pacto era el que Dios había hecho con el pueblo de Israel después de sacarlo de la esclavitud en Egipto y darles la Ley, pues Dios en Su Gracia se dirigió al pueblo de Israel y le ofreció una relación exclusiva con Él; pero esa relación dependía de la obediencia a la Ley. En Exodo 24:1-8 se narra este momento en que los israelitas aceptan este pacto: “Y (Moisés) tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos. Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas”. (Exodo 24:7-8). 

Ahora bien, aquel Antiguo Pacto se ha anulado por imperfecto y Jesús ha iniciado, con el nuevo pacto, una nueva relación con Dios. Y este nuevo pacto, como dijimos, está fundado sobre mejores bases y mejores promesas, como dice en el versículo 6, pues el Antiguo Pacto dice en el versículo 7, no era plenamente satisfactorio, es decir, sin defecto. Si lo hubiera sido, no se habría tenido que realizar este Nuevo Pacto por medio de Jesús. 

En 1 de Corintios 11:24-25 leemos: “…el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre…” 

8  He aquí vienen días, dice el Señor,

    En que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto;

En griego hay dos palabras para nuevo: Néos y Kainós. Néos describe una cosa que es nueva en cuanto al tiempo; aunque sea una copia de sus predecesoras. Kainós quiere decir no sólo es nuevo sino diferente en cuanto a su especie. Por ejemplo, después del ferrocarril apareció el avión. El avión era un nuevo medio de trasporte pero diferente al ferrocarril pues ya no se desplazaba en tierra sino en el aire. El avión, por tanto, es Kainos.

El nuevo Pacto que Jesús establece es kainós, porque es diferente al Antiguo pacto, profetizado muchos años atrás por el profeta Jeremías (31:31–34). 

Y este PACTO que establece el Señor es nuevo en su extensión: va a incluir la casa de Israel y la casa de Judá. Mil años atrás, en los días de Roboam, el pueblo de Israel se había dividido en dos partes: Israel al norte, con diez tribus, y Judá al sur, con las otras dos; y estos dos reinos no se habían vuelto a unir. El Nuevo Pacto iba a unir lo que había estado dividido milenariamente; los que antes eran enemigos estarían unidos.

10 Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel

Después de aquellos días, dice el Señor:

Pondré mis leyes en la mente de ellos,

Y sobre su corazón las escribiré;

Y seré a ellos por Dios,

Y ellos me serán a mí por pueblo;

El Antiguo Pacto dependía de la obediencia a una Ley impuesta desde fuera, escrita en piedra; pero el Nuevo Pacto estaría escrito en los corazones y en las mentes de las personas, que obedecerían a Dios, no por miedo al castigo, sino por amor. Le obedecerían, no porque la Ley los obligaba a hacerlo, quisieran o no, sino porque tendrían escrito en el corazón el deseo de obedecerle y también los dotaba del poder de cumplir su leyes, imposibles sin su poder a través del Espíritu Santo que mora en cada creyente y nos “energiza” para hacer su voluntad. 

11 Y ninguno enseñará a su prójimo,

Ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce al Señor;

Porque todos me conocerán,

Desde el menor hasta el mayor de ellos.

Es este versículo nos dice que es nuevo en su universalidad. Todos los seres humanos conocerían a Dios, desde el más pequeño hasta el más grande. Eso era algo completamente nuevo. En la vida ordinaria de los judíos había muchas escisiones, separaciones. Por una parte estaban los fariseos y los ortodoxos que se regían por la Ley; y por otra, los llamados despectivamente "la gente de la tierra», personas ordinarias que no cumplían la ley ceremonial en todos sus detalles. Se les despreciaba. Y estaba prohibido tener alguna relación con ellos; por ejemplo, no se permitía que una joven se casara con uno de ellos pues se decía que era como dejarla a merced de las fieras; estaba prohibido hacer un viaje con ellos, e incluso, hasta donde fuera posible, tener algún trato o relación laboral o comercial con ellos. Para los estrictos cumplidores de la Ley, la gente ordinaria estaba fuera de la sociedad; pero en el Nuevo Pacto estas escisiones no existirían. Todas las personas —sabios y analfabetos, grandes y pequeños— conocerían al Señor. Las puertas que habían estado cerradas se abrirían de par en par.

12 Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades.

Sería diferente pues este Pacto realmente produciría el perdón pues Dios había dicho que mostraría Su Gracia en las iniquidades de ellos y que perdonaría sus pecados. La nueva relación está basada exclusivamente en Su amor. Bajo el Antiguo Pacto, uno podía mantener la relación con Dios solamente mediante el cumplimiento de la Ley; es decir, por su propio esfuerzo. Ahora, todo depende, no del esfuerzo humano, tan falible, sino solamente de la Gracia de Dios. El Nuevo Pacto pone a los hombres en relación con un Dios. 

Lo más contundente del Nuevo Pacto es que hace que la relación del hombre con Dios ya no dependa de la dudosa y vacilante fidelidad humana, sino de la segura e inmutable fidelidad de Dios. 

13 Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero; y lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer.

Cuando dice que el Antiguo Pacto es viejo el autor de hebreos utiliza la palabra griega (guéraskón), que deriva del un viejo verbo: Gëraskö que proviene de gëras (edad), y de gerön (viejo), palabra que hace referencia a la decadencia provocada por la ancianidad, es decir, que no sólo que se hace viejo, sino también que queda inservible y “está próximo a desaparecer”. Para “desaparecer” usa la palabra afanismós, que se utilizaba para indicar la acción de “borrar una inscripción, abolir una ley o arrasar una ciudad”. Así es que el Pacto que establece el Señor Jesús es nuevo en su especie y cancela definitivamente el anterior.


FUENTES:

Santa Biblia, Reina Valera, 1960.

William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento: Hebreos, Vol. 13. Edit. Clie.

Ernesto Trenchard, Epístola a los Hebreos, Editorial Portavoz, 1957.

A.T. Robertson, Comentario al Texto Griego del Nuevo Testamento, Editorial Clie.



martes, 25 de mayo de 2021

EL REPOSO QUE DIOS NOS OFRECE. Estudio sobre el capítulo 4 de Hebreos

Jeremías Ramírez


Introducción

El gran tema de este capítulo es el REPOSO e indica de qué manera el creyente entra a ese reposo, y qué tan importante es no repetir el error de los antiguos israelitas que, liberados por Moisés de la esclavitud egipcia, no lograron entrar al REPOSO que Dios les ofreció y se quedaron vagando 40 años en el desierto.

En este capítulo hace un paralelismo entre la iglesia y el pueblo de Israel para advertirnos que lo mismo que le sucedió a los israelitas nos puede suceder a nosotros, es decir, que nos perdamos el privilegio de entrar en reposo y vivir, como todo mundo, atemorizado por las circunstancias de la vida. 

La causa por la que Dios juró que los israelitas no entrarían en su REPOSO es subrayada al final del capitulo 3 con una serie de preguntas: 


1. ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés?

2. ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto?

3. ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron?


¿Cuál fue esta desobediencia? En el 3:19 vemos que no pudieron entrar “a causa de incredulidad”.

Por lo tanto, el autor nos recomienda “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones…”

Ahora bien, ¿qué era ese reposo que no lograron obtener los israelitas? Ese reposo era la posesión y disfrute de la tierra prometida donde pudieron haber descansado de los 400 años de esclavitud y disfrutar por fin la libertad en plenitud que Dios les brindaría en una tierra en la que fluía leche y miel, y su presencia les garantizaba una vida en abundancia, paz y armonía. Y es justamente lo que Jesús nos promete: “Porque yo he venido para que tenga vida y la tengan en vida en abundancia” (Juan 10:10).

Este propósito se malogró por su “…corazón malo de incredulidad…”. Por ello, para que nosotros no perdamos la oportunidad de entrar a su reposo, debemos exhortarnos “…los unos a los otros cada día […] para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado”.

En el capítulo 4 continua con el tema, pero dirigido directamente a los destinatarios de este escrito en particular, y en general, a los cristianos de los siglos venideros.


1 Temamos, pues, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo, alguno de vosotros parezca no haberlo alcanzado.

2 Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.

3 Pero los que hemos creído entramos en el reposo, de la manera que dijo:

    Por tanto, juré en mi ira: “No entrarán en mi reposo; aunque las obras suyas estaban acabadas desde la fundación del mundo”.


Aquí vemos que la promesa de entrar en el reposo de Dios es vigente para nosotros, pues nos dice: “…no sea que permaneciendo la promesa…” la cual se nos ha anunciado”. Pero el riesgo que corremos de no entrar en el reposo del Señor es cuando nos damos cuenta que la vida cristiana tiene dificultades y presiones externas. Pablo le escribe a Timoteo: “… todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución… “(2 timoteo 3:12), una advertencia que habría que considerar más en ciertas épocas y países que en otras. 

Cuando los doce espías israelitas recorrieron la tierra prometida diez regresaron con una visión pesimista y se asustaron porque: “…el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a los hijos de Anac […] Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella; porque más podremos nosotros que ellos. Mas los varones que subieron con él, dijeron: No podremos subir contra aquel pueblo, porque es más fuerte que nosotros […] La tierra por donde pasamos […] es tierra que traga a sus moradores; y todo el pueblo que vimos […] son hombres de grande estatura. También vimos allí gigantes, hijos de Anac, raza de los gigantes, y éramos nosotros […] como langostas…” Y tal parece que esa opinión era respaldada por todo el pueblo. (Números 13:28-33).

Repito: a nosotros, que también “…se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos…”, podemos caer en el mismo error, pues cuando nos enfrentamos ante los problemas de la vida o, como acabamos de experimentar en esta pandemia en la que el mundo se puso de cabeza y la gente entró en estados de pánico, muchos creyentes también se asustaron, y, como dice el versículo 1, nos comportamos como quien vive sin Cristo, como si “…alguno de vosotros parezca no haber alcanzado”, pues hemos sido presas del miedo.

No es una novedad que en el mundo tendremos aflicción, pero el Señor promete a los suyos que confiemos porque el ha vencido al mundo y nos puede brindar la paz de vivir en su reposo. Por ello la invitación del Señor es: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. (Mateo 11:28-30).

En muchas partes, tanto en el Nuevo como en el Viejo Testamento, vemos esta promesa. Estos son algunos pasajes:


  1. El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia. (Juan 10:10).
  2. Jehová es mi pastor; nada me faltará. / En lugares de delicados pastos me hará descansar; / Junto a aguas de reposo me pastoreará. / Confortará mi alma; / Me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. / Aunque ande en valle de sombra de muerte, / No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; / Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. / Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; / Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. / Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, / Y en la casa de Jehová moraré por largos días. (Salmo 23)
  3. “El que habita al abrigo del Altísimo / Morará bajo la sombra del Omnipotente. / Diré yo a Jehová: Esperanza mía, y castillo mío; / Mi Dios, en quien confiaré. / El te librará del lazo del cazador, / De la peste destructora. / Con sus plumas te cubrirá, / Y debajo de sus alas estarás seguro…” Salmo 91.
  4. “Bienaventurado el varón … que en la ley de Jehová está su delicia, Y en su ley medita de día y de noche. / Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas, / Que da su fruto en su tiempo, / Y su hoja no cae; / Y todo lo que hace, prosperará. (Salmo 1:1-3)
  5. “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Juan 16:33


Y a los israelitas “…no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron”.

Ahora bien, (v.3) para “…los que hemos creído entramos en el reposo…”. La pregunta es entonces: ¿Creemos realmente en Dios? ¿Caminamos en esta vida confiando en Él?, ¿Podemos decir como Pablo “Ya no vivo yo sino Cristo vive en mi?”.

Si esto es así, es que vivimos por fe y hemos entrado en su reposo, de modo que podemos caminar con la certeza de su presencia en nuestras vidas y nada nos apartará de su amor, ni la muerte, ni la vida, ni lo alto ni lo profundo ni ninguna cosa creada”. Porque si vivimos, para él vivimos, y si morimos, para él morimos… Y todo ello porque hemos entrado a su reposo. 

Sin embargo, a los que no han creído, dice: “ Por tanto, juré en mi ira… no entrarán en mi reposo”


4 Porque en cierto lugar dijo así del séptimo día: Y reposó Dios de todas sus obras en el séptimo día.


Este versículo 4 nos afirma que el día de reposo fue creado por Dios para nuestro descanso; pues Él mismo, al terminar la creación, “reposó de todas sus obras en el séptimo día”. Es un gran privilegio y una enorme bendición que los creyentes, los que somos hijos de Dios, podemos caminar por este mundo soportados por la poderosa mano de Dios. 


5 Y otra vez aquí: No entrarán en mi reposo.

6 Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y aquellos a quienes primero se les anunció la buena nueva no entraron por causa de desobediencia,

7 otra vez determina un día: Hoy, diciendo después de tanto tiempo, por medio de David, como se dijo:

    Si oyereis hoy su voz,

    No endurezcáis vuestros corazones.


Para que esta bendición del reposo de Dios se haga realidad en nuestras vidas es importante que “si oímos hoy su voz NO ENDUREZCAMOS NUESTRO CORAZONES. 


8 Porque si Josué les hubiera dado el reposo, no hablaría después de otro día.

9 Por tanto, queda un reposo para el pueblo de Dios.

10 Porque el que ha entrado en su reposo, también ha reposado de sus obras, como Dios de las suyas.


Cuando finalmente los israelitas entraron a tomar posesión de su la tierra que Dios les había prometido no tuvieron realmente el reposo en plenitud, pues aún persistía su incredulidad y pronto empezaron a tener conflictos, conflictos que aun siguen vigentes como lo acabamos de ver estos últimos días en su confrontación con los palestinos, particularmente con Hamas, el Movimiento de Resistencia Islámica de Palestina.

Por tanto, dice el versículo 9, “queda un reposo para el pueblo de Dios y ese reposo es Cristo. Él nos libra del agobio del pecado y sobre Él podemos echar nuestras ansiedades “…porque él tiene cuidado de vosotros” nos dice el apóstol Pedro (I Pedro 5:7). Libres del agobio del pecado podemos alcanzar el reposo para nuestras almas del mismo modo que Dios ha reposado de sus obras.


11 Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia.


Si no tenemos esta paz en nuestros corazones y una paz que “sobre pasa todo entendimiento”, es que sigue habiendo resabios de incredulidad en nuestros corazones. Y si queremos descansar en su reposo procuremos entrar sin que ninguno caiga en desobediencia por el pecado.


12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

13 Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.


Pareciera como que en este versículo 12 cambia de tema, pero sigue hablando del reposo. Pensemos como cuando se nos ha enterrado una espina profundamente y sólo logramos descansar cuando hurgamos hasta lo profundo y logramos arrancarla del todo. Así el pecado que se hunde de tal manera en nuestra vida y que no logramos detectar, pero ahí sigue generando problemas y dolores y provocando la angustia que nos acosa y no impide reposar en el descanso del Señor. 

Por eso David escribe en Salmos 19:12: “¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos”. 

Y es la palabra, viva y eficaz, cuando penetra hasta lo más profundo de nuestro corazón, la que puede librarnos de las “espinas profundas del pecado”. Pedro lo entendía bien pues fue él quien le dijo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.”. (Juan 6:68). Gracias al Señor que “no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia” (Hebreros 4:13).


Jesús el gran sumo sacerdote

14 Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión (confesión).

15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

16 Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.


Ahora bien, si lo que nos frena de entrar plenamente en el reposo de Dios sea que pensemos que el Señor no puede entender nuestros problemas, tenemos que considerar que el es nuestro sumo sacerdote que puede comprendernos porque “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Es decir, que Él sufrió todo lo que nosotros podemos padecer, incluso el acoso del pecado, y aun más, pues mientras nosotros caemos, él se mantuvo firme, por eso dice al final de este versículo 15: “…pero sin pecado”. 

Cuando fue tentado por Satanás en el desierto tras un periodo larguísimo de ayuno de 40 días, resistió y no cedió ante las sugerencias malignas, cosa que, por ejemplo, Eva no pudo resistir ante la tentación frente al árbol del bien y del mal. 

Yo no sé que es no comer 40 días y qué tan terrible es el hambre que se experimenta, pero nuestro Señor sí lo sabe y aun así no cayó en la tentación de Satanás.

De modo que teniendo conciencia de que Él entiende todas nuestras debilidades, podemos acercarnos confiadamente a su trono de gracia para alcanzar misericordia y hallar gracia, que es el mejor socorro que podamos tener, pues “…la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. 

Hermanos, ante la amenaza del contagio, de la violencia, la estrechez económica, la enfermedad, los problemas familiares, y todo aquello que nos amenaza y que en muchas ocasiones nos hace que nos sintamos que estamos solos, desamparados, y nos llene de temor y nos cueste, incluso, conciliar el sueño, estamos en el mejor momento para entrar en el reposo del Señor. Por ello, “…Procuremos, pues, entrar en aquel reposo, para que ninguno caiga en semejante ejemplo de desobediencia”. ¿Qué necesitamos? Creer, pues “…al que cree todo le es posible”, como el dijo el Señor a ese padre de familia en Marcos 9:23.

Entremos pues a su reposo nosotros, los que hemos creído en Jesús y prediquemos de esa manera a un mundo atemorizado por la violencia o por el contagio de los virus.


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