ESTUDIO DE EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS CAP. 15
La palabra parábola proviene del griego Para
= a un lado o al margen / Bola = arrojar. Y consiste en un relato figurado que
es muestra una situación similar, paralela podríamos decir, a la situación que
se quiere ilustrar o enseñar. Es decir, con un fenómeno cotidiano, humano, se
ilustra una situación celestial.
En este capítulo se encuentran tres
parábolas muy conocidas: la Oveja perdida,
la Moneda perdida y el Hijo pródigo. Estas tres parábolas las expresa
Jesús en respuesta a una actitud de los fariseos y escribas: murmuraban con una
actitud de rechazo de que recibía a los pecadores y con ellos comía.
Comer con alguien era un acto de
intimidad, y para los fariseos era un hecho reprobable que lo hiciera con
publicanos y pecadores.
El Señor, con estas tres parábolas, les
enseña el valor que el pecador tiene para Dios y el error que ellos cometían,
es decir, su alejamiento con las ordenanzas de Dios: “Amarás al Señor tu Dios y
a tu prójimo como a ti mismo”. Y ellos repudiaban a los publicanos y pecadores.
La
Oveja perdida toma uno de los hechos más comunes y cotidianos en la sociedad de
aquel entonces: el pastoreo, de modo que se pudiera entender claramente lo que
trataba de enseñar. Hasta hoy sigue enseñando de esta forma en gran amor de
Dios hacia los pecadores. Y el hecho de que les respondiera a los fariseos
muestra que aún ellos son dignos de sus enseñanzas.
Parábola de la oveja perdida
(Mt.
18.10-14)
1 Se acercaban a Jesús todos los publicanos y
pecadores para oírle,
2 y los fariseos y los escribas murmuraban,
diciendo: Este a los pecadores recibe, y con ellos come.
3
Entonces él les refirió esta parábola, diciendo:
4 ¿Qué
hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las
noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?
5 Y
cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso;
6 y al
llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo,
porque he encontrado mi oveja que se había perdido.
7 Os digo
que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por
noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.
Para los fariseos los pecadores y los
publicanos eran gente sin valor. Es más, eran despreciables, descartables, casi
como basura. Si Jesús era un profeta y un profeta a la altura de Isaías o
Jeremías, esto era una incongruencia.
La
lección a través de estas parábolas es que para Dios todos somos valiosos aún
hasta los pecadores más despreciables, aunque nos cueste comprenderlo.
Si
alguien tenía 100 ovejas significa que no era una persona pobre. Actualmente
una oveja en promedio cuesta 3,500 a 6,000 pesos, es decir, 100 ovejas estarían
alrededor de medio millón de pesos. Quizá para los pastores y poseedores de
ovejas de aquel tiempo eran animales aún más caros, particularmente los
destinados para ser ofrendados en el templo.
Por ello, el pastor que perdía una
oveja hacía hasta lo imposible por encontrarla. Aunque esta tarea no fuese fácil
pues la orografía de Palestina estaba llena de montañas agrestes, donde el
ganado corría peligro de caer en un precipicio. Cuando era niño recuerdo un
cromo que había en mi casa en la que una oveja está enredada entre unas ramas
en un arbusto que crecía en un precipicio y el pastor, inclinado, poniendo su
vida en riesgo, está rescatando a la oveja.
Por
otra parte, las ovejas no son como lo perros, sino distraídas y es muy fácil
que se pierdan al ir buscando hierba.
Y
vemos en la parábola que tan pronto la encuentra la pone sobre sus hombros. No
hay recriminación hacia la oveja sino gozo del pastor de haberla encontrado.
Pero no un gozo cualquiera sino uno tan grande que impulsa a compartirlo con
los demás. Es decir, una gran alegría por esa oveja.
Ahora, el Señor la usa para ilustrar
lo que Dios hace por las ovejas perdidas del pueblo de Israel. Mateo 15:24: “Y
respondiendo Él, dijo: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa
de Israel”. Si para ellos, una oveja encontrada era signo de gran gozo, hay un
gozo aún mayor en el cielo por un pecador rescatado.
Para
Dios, esas ovejas (los pecadores) eran de gran valor que pagó un enorme precio
en la cruz por rescatarlas.
Esta
parábola se puede hacer extensiva para ilustrar la importancia que tiene el ser
humano de todos los tiempos para Dios. Porque “de tal manera amó Dios al
mundo”, es decir, a todos los seres humanos, “que ha dado a su Hijo unigénito,
para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Parábola de la moneda perdida
8 ¿O qué
mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y
barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?
9 Y
cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, diciendo: Gozaos conmigo,
porque he encontrado la dracma que había perdido.
10 Así os
digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se
arrepiente.
Ahora el Señor cambia el ámbito. Ya
no es un poseedor de 100 ovejas, sino una mujer que tiene 10 dracmas. Una
dracma era una moneda
de 65,5 gramos, alrededor de un dënarius común (el dinero que un jornalero
ganaba en un día de trabajo). Por lo tanto, diez dracmas sería casi dos semanas
de trabajo.
Para esta mujer esta moneda, esta
dracma es tan importante que hace un esfuerzo denodado por encontrarlo. Como
las casas de aquel entonces no tenían las grandes ventanas de hoy, sino
pequeñas ventanitas, las habitaciones, aún de día, eran muy oscuras. Por ello
tuvo que encender una lámpara. Además, los pisos eran de tierra, en cuyo polvo
era fácil que se extraviara una moneda. Y por ello tuvo que barrer, tratando de
que la moneda finalmente se revelara entre el polvo.
Y como en el mismo caso anterior, su
alegría es tal que no pude ser de índole personal, de modo que reúne a sus vecinas
y amigas para contarles su alegría. Es obvio que sus vecinas entendieran la
magnitud del gozo, pues seguramente vivirían en la misma condición. Para una
persona pobre, el salario de un día es muy valioso.
De forma paralela, muestra cómo
considera el Señor a los que se han perdido: personas de mucho valor, no por el
valor en sí que le da la sociedad, sino ante los ojos de su creador. Y el Señor
hará una búsqueda exhaustiva para rescatarlos. Y la hizo, bajó a la tierra,
caminó entre nosotros, vivió lo que todos, tuvo compasión y curó, alimentó, liberó
de los demonios, enseñó a muchos, y finalmente murió por toda la humanidad,
cuya cobertura nos ha alcanzado. Y ha sido gracias a su amor redentivo que
podemos vivir de una mejor manera, y sin miedo a la muerte.
El hijo pródigo
La
palabra pródigo cambia su
significado cuando cambia de género. En masculino “pródigo” es el “que
despilfarra o gasta sin cuidado sus bienes. En cambio, en femenino: “pródiga”,
significa una persona “que da con generosidad lo que tiene o lo pone al
servicio de los demás”.
El primer significado se ajusta al hijo menor en esta parábola;
y el segundo, al padre que no escatima nada cuando recupera al hijo.
El primero nos descubre; y el
segundo es propio de Dios. Aun los pobres nacen con una buena dotación: un
cuerpo, una familia, una sociedad y un creador. En caso de que todo lo primero
no lo tengamos, tenemos un creador que nos ama, y tenemos un cerebro que puede
aprender y encontrar soluciones.
Parábola del hijo pródigo
11
También dijo: Un hombre tenía dos hijos;
12 y el menor
de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me
corresponde; y les repartió los bienes.
La ley judía otorgaba al menor una mitad de lo que
recibía el mayor, esto es, una tercera parte de los bienes (Dt. 21:17). Y ante
la imprudencia del hijo, les repartió los bienes a os dos.
13 No
muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una
provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente.
Rápidamente este joven, “juntándolo
todo” se fue. Dice el
versículo 13 que “desperdició” (dieskorpisen),
la palabra griega tiene un
acento agrícola. Es la palabra que se emplea para indicar el efecto de aventar
el grano y la paja se “dispersa en el aire”. La figura es muy ilustrativa. Las
posesiones tienen un peso. Es mayor cuando es fruto del trabajo, pero quien no
sudó por él, es ligero como la paja y es fácil “dispersarlo al viento”. Hay un
dicho popular que dice “lo que fácil llega, fácil se va”. Y este joven lo que
quizá le costó mucho a su padre, lo disolvió en el aire.
14 Y
cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y
comenzó a faltarle.
Y
justo cuando el dinero se le acabó vino una hambruna. Es decir, escasez de alimentos.
En estos periodos los precios de los alimentos suben. Si antes era difícil,
ahora era mucho más complicada la situación. Y sus provisiones empezaron a
faltarle.
15 Y fue
y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su
hacienda para que apacentase cerdos.
16 Y
deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie
le daba.
Su situación era crítica al desear incluso la comida
de los cerdos. Es decir, había tocado fondo. En ese justo momento, pasó algo
importante
17 Y
volviendo en sí, dijo: !!Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen
abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
Volvió en sí, es decir, recuperó la
cordura, se le abrieron los ojos, vio las cosas con claridad, ya no estaba enervado
por sus deseos y el hambre de mundo. No, ahí, deseando la comida de los cerdos,
recuperó la conciencia. Este es el momento clave en el que pudo dar un giro a
su vida. Decían los griegos que después de una anagnórisis (reconocimiento) viene una peripecia (un giro). Si no hay un reconocimiento de nuestra
lamentable situación en la que estamos “deseando la comida de los cerdos”, no
hay posibilidades de cambio. Tiene que haber esta toma de conciencia primero
para entonces cambiar. Esto es lo que significa “arrepentimiento”.
18 Me
levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y
contra ti.
19 Ya no
soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
20 Y
levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y
fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
21 Y el
hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno
de ser llamado tu hijo.
Entre lo poco que no perdió fue la conciencia de ser
hijo, hijo un padre amoroso. Esa fue la cordura que recuperó.
Y en esa toma de conciencia, hay dos acciones importantes:
Primero: pensamiento: Me levantaré, es decir, me
pondré en camino, iré en sentido contrario a mis deseos, Le diré. Hay
una intención de reconocer a viva voz. No soy digno. Por lo que Hazme.
Segundo: acción. Y luego, se levantó y fue a su padre.
22 Pero
el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un
anillo en su mano, y calzado en sus pies.
El vestido, era un vestido especial y el anillo y el
calzado, indica que llegó en andrajos y descalzo. Es decir, en un estado
miserable. Y todo nos indica que lo ha revestido de dignidad. En el cielo, el
señor nos dará vestiduras nuevas, es decir, nos vestirá de dignidad.
23 Y
traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;
El becerro engordado (ton moschon ton siteuton). El
becerro, el engordado. Siteuton es el adjetivo verbal de siteuö, alimentar con
trigo (sitos). No era un becerro cualquiera sino uno alimentado especialmente.
Los cocineros saben que el sabor de un animal cocinado también depende de su
alimentación. Este había sido alimentado, no de rastrojo, sino de trigo.
24 porque
este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y
comenzaron a regocijarse.
El padre había perdido la esperanza de que regresara
con vida, pero regresó. Y él lo esperaba. Largo tiempo pasaba todos los días
frente al balcón esperando ver al hijo. ¿Cuántos días pasó sin descubrirlo?
Pero finalmente, a pesar de los andrajos, lo vio y salió corriendo a su
encuentro.
25 Y su
hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la
música y las danzas;
26 y
llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
27 Él le
dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por
haberle recibido bueno y sano.
28
Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba
que entrase.
29 Mas
él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote
desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis
amigos.
30 Pero
cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho
matar para él el becerro gordo.
31 Él
entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas.
32 Mas
era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y
ha revivido; se había perdido, y es hallado.
Es lamentable la reacción del hermano.
Los judíos, escribas, fariseos, se enojaban que recibiera y que comiera con
publicanos y pecadores, la misma actitud de este hermano que no le parecía
correcto que su padre le hiciera fiesta a un tipo que no había sabido honrar a
su padre, pero él mismo lo deshonraba con su actitud, pues eso significaba que
no valoraba lo que tenía y que en el fondo de su corazón anhelaba lo de su
hermano, pues sabía de cosas que hasta que él las dice nos enteramos.
Conclusión:
Las tres parábolas hablan de judíos que se habían
extraviado. Y que era muy importante rescatar. Por ello dice el evangelio de
Juan: "A los suyos vino…" Y esos suyos eran precisamente, los que se habían
perdido bien en los vericuetos de una gama de leyes y reglamentos retorcidos,
bien siguiendo los parámetros de una sociedad extranjera ajena a Dios, bien en
el pecado, o en las enfermedades, o atrapados por el demonio…
Y
estas tres parábolas, particularmente la de El hijo pródigo se ajustan bien a
los cristianos que de pronto son absorbidos por el mundo (aunque sigan
asistiendo a la iglesia), lejos de la casa de su padre, en zonas de extraños o
extranjeros, y que de pronto se ven en la miseria y se acuerdan que son
cristianos, hijos de Dios, y entonces hay un feliz retorno a la Casa del Padre.
Cuántas
veces yo me he alejado de la Casa del padre en busca de reconocimiento social,
de fama, de aplausos, de ceremonias, de placeres impropios y en el fondo del
fracaso he tenido que reconocer que he estado ansiando comer la comida de los
cerdos, a ves con la nariz sangrante, a veces con el asco del alcohol y en un
estado enervante, llorando y sufriendo por vivir tan ajeno a los caminos de la
obediencia de mi padre amante, que me cuida, que me espera, que nunca me
abandona.
Y
llorando le dijo: “No soy digno de ser llamado tu hijo”, sin embargo, sigo
siendo su hijo. Y tibiamente nace un anhelo: que ya no viva yo más en mí, sino
Cristo en mí.
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