jueves, 4 de octubre de 2018

ESTUDIO SOBRE LUCAS 23 La crucifixión de Cristo


 En este capítulo se encuentra el centro, el pináculo, el eje del cristianismo: la muerte de Jesús, el hijo de Dios, para librar al género humano de los tres problemas (estrechamente correlacionados) que tienen hundida a la humanidad: el diablo (el maligno, el príncipe de este mundo, el causante de que el ser humano viva extraviado), el pecado, es decir, ese sentido de autodestrucción que vive en mayor o menor escala en todos los seres humanos y provoca sufrimiento, destrucción, pérdida; y de la muerte, la meta del pecado (Romanos 6:23) que desde que el hombre es hombre le ha provocado un enorme terror, y es el gran misterio de la vida.
Con su muerte, Jesús derrotó al diablo, liberó al ser humano del pecado (ya no sois esclavos del pecado) y rompió el aguijón de la muerte (Dónde está oh muerte tu aguijón. 1 Corintios 15:55-57). Aunque el costo para ello fue de un altísimo precio, éste tiene un alcance universal.
            Cuando alguien desdeña el triunfo de Cristo con su muerte, es que no considera cómo vivían los pueblos más civilizados de ese entonces y puede uno comprobar la degradación, crueldad, maldad que había, incluso entre los intelectuales de la época. Nada más recordar cómo fue sacrificado Sócrates, el más grande sabio del siglo de la era de mayor esplendor griego, o la cruenta lucha por el poder en los romanos, o la depravación entre las culturas aledañas al pueblo judío, para darnos cuenta que su muerte cambió radicalmente las cosas.
            Después de que Jesús murió y el evangelio se empezó a extender por todo el imperio, un viento apacible empezó a correr entre las almas atormentadas y la luz empezó a brillar intensamente. Una luz tan grata que multitudes decidieron seguir a Cristo, ya fuesen judíos o gentiles y con ello cambiaron al mundo.
            Fue su sacrificio en el Calvario quien vino a cambiar la historia de la humanidad de manera radical y partió la historia en dos partes: antes y después de Cristo. El mundo ya no fue el mismo, su muerte sacudió la tierra y sacudió al imperio, y baño de dulce lluvia al mundo hundido en la aridez terrible del pecado.
            Ahora, veamos cómo el evangelista Lucas relata ese momento crucial no sólo en la historia de los judíos o de los cristianos, sino de la humanidad. Su muerte tuvo siempre un sentido universal.
El capítulo 23 es continuación de las acciones realizadas en el capítulo 22. Ha habido un concilio previo en el cual se ha sentenciado como culpable a Jesús. Un concilio difícil, terrible, que mantuvo en vela a todos estos principales judíos, buscando como acusar a Jesús toda la noche. Cuando finalmente lo logran ya ha amanecido, y es inculpado de un delito grave: equipararse con Dios, asumiendo que él es el Mesías (lo cual era cierto), ofensa grave para los judíos, y entonces deciden llevarlo ante Pilato para pedirle que lo sentencie a muerte, ya que ellos estaban impedidos de dar dicha sentencia y ejecutarla.  

Jesús ante Pilato
(Mt. 27.1-2,11-14; Mr. 15.1-5; Jn. 18.28-38)
1  Levantándose entonces toda la muchedumbre de ellos, llevaron a Jesús a Pilato.
2 Y comenzaron a acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte a la nación, y que prohíbe dar tributo a César, diciendo que él mismo es el Cristo, un rey.
3 Entonces Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices.
4 Y Pilato dijo a los principales sacerdotes, y a la gente: Ningún delito hallo en este hombre.
5 Pero ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.

Sin embargo, vemos que Pilato (no sabemos qué tanto sabía de Jesús, tal vez muy poco o nada, salvo lo que su esposa le había dicho a través de un mensaje) no lo encuentra culpable. Una de las técnicas con la que los policías descubren un delincuente es su actitud sospechosa. Pilato no descubre signos de culpabilidad. Sabemos que el interrogatorio fue mucho más largo (Véase el cap. 21 del evangelio de Juan) pero también hubo un escrutinio del lenguaje no verbal el Señor, pues Pilato lo ha de haber escudriñado a fondo, como buen observante de la ley romana. Y es muy seguro que lo que Jesús manifestaba con su actitud, sus gestos, su mirada, su postura, el tono de su voz, era alguien completamente ajeno a la acusación que le hacían los judíos.
Frustrada la primera intentona, los judíos vuelven a machacar de otra forma su interés en que Pilato lo encuentre culpable: “Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí”.
            Y este segundo argumento falla, pues al saber Pilato que provenía de Galilea, lo remite con Herodes. Y de esa manera intenta zafarse del problema.
            Hay que entender cómo era el tipo de justicia romana. Para los romanos la ley era sumamente respetable. Al fin de cuentas, ellos fueron los que afinaron la jurisprudencia que influyó en el mundo. Ellos fueron, por ejemplo, los inventores del luris civilis (el Derecho civil), parte importante del Derecho romano de la historia. Hacía el año 550 se compiló este código por orden del emperador Bizantino Justiniano (527-565).
            Y ellos respetaban de gran manera su ley. De modo tal que Pablo, cuando fue encarcelado injustamente en Éfeso, con sólo declarar que él era ciudadano romano, los detiene y se ven obligado a respetar sus derechos. Asimismo sucedió en Judea cuando querían lincharlo. Cuando lo detienen y saben que es ciudadano romano lo someten a un proceso judicial propio de ciudadano, y por ello se alargó años hasta concluir en Roma.
            Pilato, aunque se dice que era un hombre rudo, cruel, implacable, no podía pasar por alto las leyes que regían al imperio. Por ello, no lo sentencia de inmediato. Tendrá que pasar algo que lo obligue, como lo veremos más adelante.

Jesús ante Herodes
6 Entonces Pilato, oyendo decir, Galilea, preguntó si el hombre era galileo.
7 Y al saber que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió a Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalén.
8 Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal.
9 Y le hacía muchas preguntas, pero él nada le respondió.
10 Y estaban los principales sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia.
11 Entonces Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviarle a Pilato.
12 Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.

El encuentro del Señor con Herodes fue otro fracaso para los judíos. A Herodes no le importaba si había quebrantado una ley judía o romana, él quería espectáculo: “Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal”. Él sí sabía de Jesús. Cuando tuvo noticias por primera vez fue cuando creyó que era Juan el Bautista redivivo (9:7–9), pero al parecer, ahora ya se había repuesto y sólo tenía curiosidad y quería ver lo que había oído sobre sus portentosos milagros; de modo que se puso feliz porque quería ver algún truco, como si Jesús fuera un mago. Tal vez se frotó las manos, se acomodó en su sillón, tal vez pidió una copa de vino y… nada. Entonces lo acosó a preguntas. Nada. Silencio. Estaba tan decepcionado de que ni siquiera escuchó las acusaciones. Frustrado, lo menosprecio (lo hizo menos) y escarneció (se burló hirientemente) a Jesús vistiéndolo con ropas lujosas, es decir, lo ridiculizó, y lo regresó a Pilato.
            Pilato por su parte, a pesar de que le habían regresado el problema, se puso feliz: Herodes coincidía con él en su apreciación, al no haber dictado alguna sentencia.  

Jesús sentenciado a muerte
(Mt. 27.15-26; Mr. 15.6-15; Jn. 18.38--19.16)
13 Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo,
14 les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis.
15 Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre.
16 Le soltaré, pues, después de castigarle (limpiarlo).
17 Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta.
18 Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: !!Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás!
19 Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio.
20 Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús;
21 pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: !!Crucifícale, crucifícale!
22 Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré.
23 Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron.
24 Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían;
25 y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos.

Pilato convoca a un grupo muy amplio. Dice un comentarista, que quizá tenía la esperanza de encontrar Jesús simpatía, apoyo en la gente. Y les anuncia: “ya ven, ni Herodes lo ha hallado culpable”. Así que lo soltaré, declara categórico. Ya me imagino la frustración de los judíos. Su plan estaba a punto de irse a la basura. Y si esa oportunidad se les iba ya no podrían hacer nada contra Jesús. Entonces, nos dice Mateo 27:20: “Pero los principales sacerdotes y los ancianos persuadieron a la multitud que pidiese a Barrabás, y que Jesús fuese muerto”.
            La vida humana consiste en ELEGIR. La vida nos enfrenta todos los días a decisiones, algunas con implicaciones de bajo impacto, otras sumamente trascendentales. La decisión de seguir a Cristo es la más trascendental. Esto me hace recordar esa maravillosa decisión de Josué: “Yo y mi casa seguiremos a Jehová”.
            Y cada día debemos tomar las mejores decisiones, y qué mejor que seguir al Señor cada día, leyendo su palabra, orando, obedeciendo, es decir, decidiendo no pecar sostenidos por su poder. Dice ese corito maravilloso: “He decidido seguir a Cristo…”
            Los judíos ese aciago día tomaron una decisión terrible: “Fuera éste y suéltanos a Barrabás”. Y lo reiteran: Crucifícale, crucifícale… Y dice en mateo 27:25: “Y respondiendo todo el pueblo, dijo: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”. Qué terrible decisión.
Por eso cuando el Señor llora ante la visión de la ciudad de Jerusalén dice: “y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti, y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación”. Esta elección confirmaba la desgracia que estaba por venir. Y este desconocimiento no es algo del que no fueran responsables, sino que “eligieron” ignorar, neciamente, y pedir que la sangre cayera sobre ellos, y no que los redimiera.
Cuántas personas están en esa misma situación y deciden ignorar y perder la más grande oportunidad. Dicen en la estación de Radio BBN: “Se ha preguntado donde pasará la eternidad”.
            Tomada la decisión, todavía Pilato les da una tercera oportunidad: “Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré”. Y la respuesta es: “Crucifícale” Y como seguía reacio, nos dice Mateo, lo extorsionaron al amenazarlo con denunciarlo ante Roma de que no era amigo de Roma. “Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone”, Juan 19:12.
            Pilato entonces toma la decisión, lavándose las manos (Mateo 27:24).

Crucifixión y muerte de Jesús
(Mt. 27.32-56; Mr. 15.21-41; Jn. 19.17-30)
26 Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.

Este pasaje es sumamente doloroso. Extenuado el Señor, no puede cargar la cruz. Esta indicación nos habla de que su forma “de siervo” eran igual a la nuestra. Si bien hizo muchos milagros, no tenía superpoderes. Y tuvieron a que tomar a un hombre que casualmente estaba por allí. Es seguro que Simón de Cirene era un hombre fuerte. Nos dice la historia que la manera de llamar a alguien a un servicio obligatorio era pegar levemente con la parte plana de la espada sobre el hombro. Y nadie se podía negar. Simón obedeció y es seguro que, en contra de su voluntad, cargar con un pesado madero desde las calles de Jerusalén hasta el Calvario.
            Marcos hace una acotación sobre Simón y dice: “padre de Rufo “lo cual nos hace pensar que eran dos personas conocidas. Entrañables de la iglesia cristiana, porque era fácilmente ubicable su relación y no sabemos cómo este acto obligatorio lo impactó, le cambió la vida.

27 Y le seguía gran multitud del pueblo, y de mujeres que lloraban y hacían lamentación por él.
28 Pero Jesús, vuelto hacia ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos.
29 Porque he aquí vendrán días en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no concibieron, y los pechos que no criaron.
30 Entonces comenzarán a decir a los montes: Caed sobre nosotros; y a los collados: Cubridnos.
31 Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco, qué no se hará?

No sé si estas mujeres eran plañideras de oficio o eran mujeres que realmente lo conocían y por eso estaban tristes. Yo me inclino a lo segundo por la respuesta del Señor: “si en el árbol verde hacen estas cosas, en el seco, ¿qué no se hará?”, es decir, la leña verde es difícil de quemar, no así el seco. De modo que podemos interpretar que eso hacían con el inocente (y ellas seguramente lo sabían) que no harían con los que realmente fuesen encontrados como culpables. Y eso fue lo que sucedió en el año 70 con la destrucción de Jerusalén y la masacre terrible. Es decir, aquí el Señor reitera su profecía sobre la destrucción de la ciudad. Y cita una profecía de Oseas 10:8: “Y los lugares altos de Avén serán destruidos, el pecado de Israel; crecerá sobre sus altares espino y cardo. Y dirán a los montes: Cubridnos; y a los collados: Caed sobre nosotros”.

32 Llevaban también con él a otros dos, que eran malhechores, para ser muertos.
33 Y cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.

Aquí se cumple una profecía de Isaías 53:12 “Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.

34 Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.
35 Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó; sálvese a sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios.
36 Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre,
37 y diciendo: Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
38 Había también sobre él un título escrito con letras griegas, latinas y hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS.

Lo natural en el mundo es la venganza, pero no así en el cristianismo, en cuyo mayor ejemplo es el del Señor cuando estaba en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Este es uno de los mayores gestos de amor y Jesús lo hizo en un momento terrible, dejando con ello la enorme lección sobre el perdón, algo tan difícil en el ser humano, pero quien está en Cristo puede y debe hacerlo.

Otra profecía al respecto, en el Salmo 22:6-8, predice las burlas: “Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo. Todos los que me ven me escarnecen; Estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó al Señor; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía.”
            Estas burlas eran de satisfacción. Después de muchas dificultades, habían logrado su cometido y con ello, pensaban, terminaban con el problema, como expresa el dicho popular: “Muerto el perro, se acabó la rabia”, pero oh sorpresa, contra toda lógica, su muerte agrandó el problema para ellos.

39 Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros.
40 Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación?
41 Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo.
42 Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.
43 Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.

Este hecho singular de que un malhechor, envuelto en injurias, una chispa de fe al pedirle a Cristo que se acuerde de él cuando venga en su reino. Un gran poeta argentino, Jorge Luis Borges, escribe un poema al respecto, cuyo fragmento más interesante dice:

En su tarea
última de morir crucificado
oyó, entre los escarnios de la gente,
que el que estaba muriéndose a su lado
era Dios y le dijo ciegamente:

Acuérdate de mí cuando vinieres
a tu reino, y la voz inconcebible
que un día juzgará a todos los seres
le prometió desde la Cruz terrible

el Paraíso. Nada más dijeron
hasta que vino el fin, pero la historia
no dejará que muera la memoria
de aquella tarde en que los dos murieron.

Si lo vemos con frialdad, esa petición es una locura. ¿Cómo se le ocurre a un malhechor hacer tal solicitud?”. Dirían algunos, perdón debería pedir, no misericordia. Y la respuesta del Señor nos enseña que ante Dios nunca es demasiado tarde para acercarnos a él solicitando su misericordia. Nunca.
            Por otra parte, la respuesta es altamente significativa: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. De cierto, de cierto significa ten la certeza, es completamente seguro que, en el paraíso. Dice un comentarista: “La palabra paraíso es un término persa que significa jardín amurallado. Cuando un rey persa quería honrar de una manera especial a uno de sus súbditos, lo invitaba a acompañarlo, a pasear por su jardín. Jesús le prometió al ladrón arrepentido algo más que la inmortalidad. Le prometió el honroso puesto de acompañante en el jardín en los atrios del cielo”. (William Barclay)
            Ese jardín amurallado es el cielo, donde nadie pueda entrar si no es por la puerta: Jesús.

44 Cuando era como la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena.
45 Y el sol se oscureció, y el velo del templo se rasgó por la mitad.
46 Entonces Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.
47 Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo.
48 Y toda la multitud de los que estaban presentes en este espectáculo, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho.
49 Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.

Este es el momento culminante el sol se eclipsó. Podemos decir que fue esa hora el momento más oscuro en la historia de la humanidad, en el que se sintió la ausencia de Dios. A pesar de que el mundo sea un caos y reine el pecado azuzado por el príncipe de este siglo, no hay total oscuridad. La presencia de Dios se siente en la naturaleza y en los redimidos del Señor que hacen un contrapeso al pecado que no permiten su libre y total expresión.
            El sol se eclipsó, pero hubo otro hecho importante: el velo se rasgó. Nunca más la presencia de Dios estaría ajena al mundo, a la gente. Ahora todo mundo podría tener acceso a través de Cristo.
            Y llama la atención que, hasta un no judío, y, además, soldado, vislumbre un atisbo de la grandeza de Cristo.  Y la multitud, que se había dejado manipular por los principales judíos, es en este momento que reconocen su error y “se golpean el pecho” en señal de duelo, de dolor. Y el duelo sólo se realiza con alguien de estima o de valor.
            Los seguidores del Señor, tal vez por miedo, observaban a la distancia.

Jesús es sepultado
(Mt. 27.57-61; Mr. 15.42-47; Jn. 19.38-42)
50 Había un varón llamado José, de Arimatea, ciudad de Judea, el cual era miembro del concilio, varón bueno y justo.
51 Este, que también esperaba el reino de Dios, y no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos,
52 fue a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
53 Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie.
54 Era día de la preparación, y estaba para comenzar el día de reposo.
55 Y las mujeres que habían venido con él desde Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fue puesto su cuerpo.
56 Y vueltas, prepararon especias aromáticas y ungüentos; y descansaron el día de reposo, conforme al mandamiento.

Para que se cumpliera la escritura, que dice en Isaías 53:9“: Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.”
            Es admirable la osadía de José de Arimatea de pedirle al mismo Pilato el cuerpo del Señor. Quizá fue en este momento que su silencioso seguimiento de Jesús, por temor, como dice Juan 19:38, aquí cambia radicalmente y hace un acto que le iba a generar problemas con los del Sanedrín, pues él era miembro de ese grupo.
            A pesar de hacer una crítica del carácter de José los otros tres evangelios lo caracterizan benevolentemente. Un «hombre rico» según San Mateo; un hombre «ilustre» según San Marcos; «persona buena y honrada» según San Lucas; «...que era discípulo de Jesús» según San Mateo. Marcos comienza señalando que José, compartiendo la visión de la venida del Reino de Dios (lo cual Lucas 23:51 repite), entró "osadamente" a pedirle el cuerpo de Jesús a Pilato (15:43). Lucas añade que este varón "no había consentido en el acuerdo ni en los hechos" de los líderes religiosos.
            Y tal vez sin querer se convirtió en agente del cumplimiento de la profecía y ese acto hizo que su osadía se registrara positivamente en la historia, de otra manera nadie supiera sobre él.
            Y después, en un amoroso acto, lo envuelve en sábanas y lo pone en una tumba nueva, que es posible tuviera un alto costo, tal vez era para su uso personal.  Hay un canto que dice: “¿Qué te daré maestro?”. Si Dios no escatimó a su hijo, nosotros como José de Arimatea, no debemos de escatimar para Dios nada, y entregarle lo más preciado para nosotros: nuestra vida, nuestra voluntad, nuestros pensamientos, nuestra obediencia.
            Este capítulo termina con una acción hermosa de las mujeres. Es sorprendente que, en ese momento de la historia del mundo, las mujeres no eran consideradas ni siquiera ciudadanos, pero aquí tienen un rol relevante, importante, valioso. Y son ellas las que siguieron las acciones de José de Arimatea y vieron dónde había sido sepultado Jesús. Es decir, le fueron fieles más allá de la frontera de la pérdida de la esperanza. Hay que considerar que a pesar de que les había dicho que iba a resucitar, ninguno de ellos lo creía.
            El capítulo 24 narra la segunda parte de este hecho glorioso: su resurrección.



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