Jeremías Ramírez Vasillas
En el capítulo 17 de Hechos de los apóstoles, Lucas relata, en este su segundo viaje misionero, el avance de la misión evangelizadora a cargo de Pablo y a Silas en tres ciudades importantes de Grecia: Tesalónica, Berea y Atenas, después de una salida accidentada de Filipos (relatada en el capítulo 16), donde los judíos incitaron la persecución de Pablo y Silas, pero aún en esas circunstancias, la luz del evangelio brilló intensamente en una oscura mazmorra iluminando a un carcelero y a su familia.
Ahora, su paso por estas tres ciudades nos permite conocer las reacciones al evangelio de judíos y no judíos, y darnos cuenta que a pesar del fuerte rechazo siempre hay alguien dispuesto a recibir el evangelio.
Como en Filipos, en Tesalónica y Berea la oposición al evangelio la protagonizan los judíos, pero en Berea se encuentran con judíos razonables y abiertos a escuchar e investigar sin esta enseñanza tiene fundamentos en las escrituras. Esto conlleva a que haya muchos judíos que siguieron a Pablo y también muchos no judíos y mujeres de altos dignatarios romanos que se sumaron a la respuesta positiva.
En Atenas, a pesar de que había una sinagoga y Pablo fue allí a proclamar el evangelio, no hubo una oposición frontal, pero tampoco los no judíos se vuelcan anhelantes al evangelio, sino que hay en ellos una cierta frialdad, cierta indiferencia, cierto distanciamiento, que se entiende por las condiciones religiosas, intelectuales y filosóficas de los atenienses. Este es un caso mu atípico y especial, pero que nos ayuda a entender esa indiferencia del hombre moderno metido en sus ideas, creyendo que son sabios, que el avance de la ciencia y el conocimiento hace inútil la fe y el conocimiento de Dios.
Una vista panorámica de este segundo viaje nos sorprende observar el avance espectacular del evangelio en esos pueblos, particularmente donde los judíos son más beligerantes. En pocos años, el crecimiento del cristianismo sacudirá las raíces del imperio romano y se esparcirá a todo el mundo en el devenir de los siglos.
Michael Green en su libro Evangelización en la iglesia primitiva explica qué factores externos facilitaron este avance del evangelio: 1) la paz romana. “…se suele aceptar como fecha de inicio de la Paz romana el 29 a. C., cuando Augusto proclama oficialmente el final de las guerras civiles, y se extendió hasta la muerte del emperador Marco Aurelio en el año 180 d. C.”. 2) Las vías de comunicación que conectaban todo el imperio de modo que, como dice el dicho popular : “todos los caminos llevan a Roma” y era cierto en esa época y por allí fluyeron los mensajeros. 3) La extensión del idioma griego como habla común en todo el imperio, pues la mayoría, además de hablar su propia lengua, hablaba el griego, de modo que no se necesitaron traductores. 4) Y la presencia de judíos en la mayoría de las ciudades del imperio, lo cual permite a iniciar su campaña en las sinagogas donde, además, asistían muchos gentiles que aceptaron el evangelio con mucho entusiasmo.
Tesalónica
La ciudad recibe su nombre de Thessalonikē (Tesalónica) del nombre de la esposa del rey Casandro de Macedonia, a quien el rey Filipo II de Macedonia le había puesto después pues su nacimiento coincidió con la victoria de Filipo sobre Tesalia derrotando a los tiranos de Feres. El nombre es una fusión de las palabras Θεσσαλία ('Tesalia') y νίκη ('victoria', niké).
Tesalónica se encontraba en la intersección de dos vías principales: una que venía desde Italia hacia el este (Vía Ignacia) y la otra desde el Danubio hasta el Egeo. La ubicación de Tesalónica y su puerto la hicieron una ciudad prominente. En 168 a.C. se convirtió en la capital del segundo distrito de Macedonia y más tarde se hizo la capital y el puerto mayor de toda la provincia romana de Macedonia (146 a.C.) En el año 42 a.C., luego de la batalla en Filipos, Tesalónica se convirtió en una ciudad libre. Esta es la segunda ciudad europea en la que se detiene Pablo, pues al parecer sólo cruza Anfípolis y Apolonia, pues están en la ruta, sobre la Vía Ignatia. Y quizá se detuvieron en Tesalónica porque había una sinagoga.
1. Pasando por Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos.
2. Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo y discutió con ellos,
3 declarando y exponiendo por medio de las Escrituras, que era necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos; y que Jesús, a quien yo os anuncio, decía él, es el Cristo.
4 Y algunos de ellos creyeron, y se juntaron con Pablo y con Silas; y de los griegos piadosos gran número, y mujeres nobles no pocas.
5 Entonces los judíos que no creían, teniendo celos, tomaron consigo a algunos ociosos, hombres malos, y juntando una turba, alborotaron la ciudad; y asaltando la casa de Jasón, procuraban sacarlos al pueblo.
6 Pero no hallándolos, trajeron a Jasón y a algunos hermanos ante las autoridades de la ciudad, gritando: Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá;
7 a los cuales Jasón ha recibido; y todos éstos contravienen los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús.
8 Y alborotaron al pueblo y a las autoridades de la ciudad, oyendo estas cosas.
9 Pero obtenida fianza de Jasón y de los demás, los soltaron.
Es importante subrayar que el eje del mensaje evangélico de Pablo es la muerte y resurrección del mesías y que Jesús es el Cristo. Y es importante entender por qué, a pesar de que era el apóstol de los gentiles, su preocupación principal, como lo subraya en la carta a los Romanos, son los judíos. Con el fundamento bíblico y profético busca abrirles el entendimiento. Desafortunadamente no tiene el eco que él quisiera; la mayoría rechaza sus argumentos, pues no aceptan que Jesús haya sido el Cristo. Una y otra vez se estrella con la misma piedra, pero no ceja de intentarlo. Y una y otra vez es agredido. En esta ocasión sus agresores no tienen éxito pues no lo encuentran donde creían que estaba: en la casa de Jasón. Entonces se van contra Jasón y con los que con él están, y por la noche es llevado a Berea.
Berea
Esta ciudad fue fundada alrededor del año 1000 a. C. y poblada por los Vriges hasta que los sustituyeron los macedonios. Su nombre deriva del mítico fundador Féron o de Verona, hija del mítico rey Veria y nieta de Macedonio.
Es mencionada por primera vez cuando fue atacada sin éxito por los atenienses hacía el 432 a. C. Bajo el reino de Macedonia fue la segunda ciudad más importante después de Pella. Tras la batalla de Pidna en el 168 a. C., se rindió a los romanos y fue incluida en la tercera región de Macedonia.
La ciudad está ubicada a unos 45 km de Pella y a 75 de Tesalónica; es descrita por Luciano como grande y populosa. Y fue una de las dos capitales durante el reinado de Diocleciano (284- 305 d. C.). Fue una de las primeras ciudades en tener un obispo; se dice que se llamaba Onésimo, y se cree que fue el esclavo de Filemón.
Bajo los bizantinos fue parte de Macedonia y, en el siglo IX, cayó en manos de los búlgaros, llamándose Ber. En 1185 fue conquistada por los normandos de Sicilia y en 1204, por los cruzados latinos. Estuvo en poder de los serbios en la mitad del siglo XIII y fue ocupada por los otomanos el 8 de mayo de 1387, tomando el nombre de Kara Ferye. Su nombre actual es Veria y pertenece a Grecia.
Pablo y Silas en Berea
10 Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos.
11 Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.
12 Así que creyeron muchos de ellos, y mujeres griegas de distinción, y no pocos hombres.
13 Cuando los judíos de Tesalónica supieron que también en Berea era anunciada la palabra de Dios por Pablo, fueron allá, y también alborotaron a las multitudes.
14 Pero inmediatamente los hermanos enviaron a Pablo que fuese hacia el mar; y Silas y Timoteo se quedaron allí.
15 Y los que se habían encargado de conducir a Pablo le llevaron a Atenas; y habiendo recibido orden para Silas y Timoteo, de que viniesen a él lo más pronto que pudiesen, salieron.
Igualmente, como en Tesalónica, Pablo y Silas entran de inmediato a una sinagoga y se encuentran con un caso raro: estos judíos eran nobles y juicioso, aunque la novedad de la predicación les deja muchas dudas y se dan a la tarea de revisar todos los días las escrituras. Y seguramente comprobaron que lo que decía Pablo era verdad, pues “creyeron muchos de ellos” (sorprendentemente, dado el rechazo generalizado del evangelio), pero además “mujeres griegas de distinción”, es decir, esposas de altos dignatarios romanos y, aunque menor número, hombres, es decir, prosélitos y temerosos de Dios.
Este hecho seguramente alegró mucho a Pablo y a Silas. Por fin su mensaje había obtenido una aceptación generalizada, aunque el hecho de que Lucas afirme que “creyeron muchos de ellos” y no todos, significa que hubo algunos reacios, pero todos fueron respetuosos hasta que se enteran los judíos de Tesalónica y llegan a Bere armando escándalo. Y los recién creyentes de Berea los lleva a proteger a Pablo y a Silas y los llevan a Atenas que está hacia el sur a más de 500 kilómetros.
Este es un gesto admirable. Pablo, en sus viajes misioneros, siempre encontró aliados que lo protegieron, suplieron sus necesidades y lo consolaron con amor extraordinario. Un fenómeno por cierto que se reproduce entre los verdaderos cristianos, refrendando con ello lo que dijo el Señor: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. (Juan 13: 35)
Atenas
Esta ciudad debe su nombre a Atenea, diosa protectora nacida de la cabeza de Zeus, cuya historia se funde con la de la propia Grecia. Los primeros pobladores fueron varias etnias de jonios. Según la mitología, Cécrope o Cécrops, de origen egipcio, fue el primer rey de la región Ática y al que se le atribuye la fundación de Atenas. Hacia el siglo X a.C. sus habitantes se agruparon en doce ciudades y Atenas ostentó la supremacía sobre el resto de las polis.
La leyenda dice que Teseo, al someter a Eleusis, unificó las polis bajo el control de Atenas. Y se estableció la fiesta de las Panateneas , en honor a la diosa de Atenas.
Atenas fue evolucionando desde la primitiva monarquía a la aristocracia y desde ésta hacia la democracia. El monarca dirigía los asuntos políticos y militares y estaba asistido por el Areópago, un tribunal de nobles con amplios poderes especialmente relacionados con la justicia.
El siglo V a.C., al que se le llamó el Siglo de Pericles, fue el de mayor esplendor intelectual porque Pericles dio un gran impulso a la democracia, estableció el theoricon o derecho a los espectáculos gratuitos para la plebe, se rodeó de artistas y escritores que exaltaban el esplendor de Atenas, embelleció la ciudad con el dinero aportado por los aliados y las ciencias recibieron un gran impulso. También reconstruyó la Acrópolis, mandó construir el templo de Niké y el Erecteion y, el símbolo de Atenas, el Partenón. En este siglo la población de Atenas llegó a tener 250.000 habitantes.
A partir del siglo IV a.C. Atenas entra en una crisis que la llevará a la decadencia social, cultural y política. Las guerras debilitaron su economía y muchos pequeños propietarios pasaron a engrosar la plebe. Eubulo, que entonces era el jefe de las familias gobernantes, para apaciguar a la plebe, de nuevo ofreció fiestas públicas.
En el 338 a.C. Atenas fue derrotada en la batalla de Queronea por Filipo de Macedonia y perdió definitivamente su independencia.
En el siglo II se instauró la tutela de Roma. En el año 146 a.C. los romanos incorporaron Atenas a su imperio. En el año 88 Atenas, en unión de Mitrídates rey del Ponto, se sublevó contra Roma. Los romanos bajo las órdenes del sanguinario Sila saquearon la ciudad en el año 86, destruyendo numerosos monumentos y realizando una gran matanza.
A pesar de esto, Atenas continuó siendo el polo intelectual más importante de la época romana. Y aunque Atenas pasó a depender de Roma, en lo cultural fue Atenas la que conquistó Roma y, durante tres siglos, fue la capital cultural del mundo a la que acudía gente de todas partes a instruirse.
16 Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría.
17 Así que discutía en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían.
18 Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él; y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección.
19 Y tomándole, le trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas?
20 Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas. Queremos, pues, saber qué quiere decir esto.
21 (Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo.)
Sorprende ver a Pablo desesperado (su espíritu se enardecía), pero era tan grande y profunda la idolatría en Atenas; una idolatría de los supuestos dioses y de las ideas que les puso una doble coraza contra el evangelio de modo que parece que la prédica de Pablo no les hace mella. Va la sinagoga y lucha en las plazas públicas, y nada. Y allí, en la cuna del pensamiento y la filosofía que más influencia ha tenido en el mundo occidental, sólo los filósofos epicúreos y estoicos les llama la atención este “estrafalario predicador”, pero no entienden de qué habla: ¿Qué querrá decir con este palabrero?, se decían extrañados, ¿será posible que alguien nos explique. Entonces se les ocurre llevar a Pablo ante el tribunal de sabios que se reunía en el monte llamado “Areópago” . Si ellos veían que estás extrañas ideas eran aceptables, entendibles, entonces es posible que explicara de qué se trataba. Por ello, al llegar Pablo le preguntan: “Queremos, pues, saber qué quiere decir esto.“ Cabe señalar que Pablo no fue llevado para ser juzgado, sino para que su enseñanza fuera clarificada y avalada por este grupo de notables.
22 Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: Varones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos;
23 porque pasando y mirando vuestros santuarios, hallé también un altar en el cual estaba esta inscripción: AL DIOS NO CONOCIDO. Al que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio.
24 El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas,
25 ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.
26 Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación;
27 para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros.
28 Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque linaje suyo somos.
29 Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres.
30 Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan;
31 por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.
32 Pero cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez.
33 Y así Pablo salió de en medio de ellos.
34 Mas algunos creyeron, juntándose con él; entre los cuales estaba Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos.
Pablo comparece ante este tribunal y con valor y aplomo empieza su discurso, y puesto en medio (tal vez se sentaba en semicírculo) inicia resaltando el espíritu religioso y de esa forma no los confronta, no los acusa de idólatras, sino que abre el diálogo subrayando esta actitud como positiva. Y subraya que tal era su apertura religiosa que incluían a dios ajenos a ellos al grado de erigir un altar a un DIOS DESCONOCIDO.
Bueno, afirma Pablo, es este Dios que no conocían al que él venía a presentar, a enseñar, al “…Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra…”. He aquí el Dios de dioses, como dirían algunos filósofos antiguos como Platón, o el motor primigenio, como decía Aristóteles. Y por tanto no habita en templos humanos ni necesita nada del ser humano, sino que éste es quien lo necesita porque él es el proveedor de la vida. Y ha hecho a los humanos a todos iguales. Es decir, es el Dios de todos, y es quien ha determinado orden de las cosas, y además se deja conocer, alcanzar, pues “Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos” .
Entonces, Dios no es ni puede ser representado por obras materiales, oro o plata, u obra de imaginación, aunque en Atenas, en ese momento, había templos grandiosos, esplendoroso y muchas representaciones de divinidades. Todo eso no es Dios, afirma Pablo de alguna forma.
Tampoco Dios es un ser indiferente sino alguien que juzgará a los hombres, pero castigo puede ser evitado si nos arrepentimos de nuestras malas acciones y creemos en un hombre, Dios, que murió y resucitó…
Todo iba bien hasta este punto. Tan pronto habló de resurrección, su público se alejó decepcionado: “cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: Ya te oiremos acerca de esto otra vez”.
¿Por qué no lo aceptaban? Dice F. F. Bruce: “La idea de la resurrección de muertos no congeniaba con el pensamiento de la mayoría de los oyentes atenienses de Pablo. Todos ellos, excepto los epicúreos, sin duda habrían estado de acuerdo con él si hubiera hablado de la inmortalidad del alma individual; pero en cuanto a la resurrección, habrían apoyado el sentir del dios Apolo, expresado en la ocasión en que la diosa patrona de la ciudad, Atenea, fundó ese mismo tribunal del Areópago: «Una vez que el hombre muere y la tierra se bebe su sangre, no hay resurrección.» Algunos de ellos, por lo tanto, ridiculizaron una afirmación que parecía tan absurda. Otros, más corteses, aunque igualmente escépticos, sugirieron que podría haber una oportunidad más adelante para una exposición adicional de su enseñanza”.
Pero aún ante el rechazo rotundo, en las circunstancias más adversas, cuando podríamos pensar que no valió la pena el esfuerzo, y que todo fue tiempo perdido, hay un pequeño segmento de “tierra buena” en la que la semilla germina. En Atenas, esa tierra buena fueron Dionisio y Dámaris, y otros que no son mencionados.
Cuando preparaba este estudio y al leer la reacción de los atenienses me hizo pensar que en el mundo actual tiene esta misma reacción, de rechazo, de indiferencia. Nuestros contemporáneos como aquellos atenienses “Profesando ser sabios, se hicieron necios…”, (Romanos 1:22) Y me acordé de Eclesiastés 7:16: “No seas demasiado justo, ni seas sabio con exceso; ¿por qué habrás de destruirte?”.
En resumen, qué nos enseña este capítulo 17 de Hechos.
- Nunca claudicar, aunque las cosas se pongan riesgosas o el hielo de la indiferencia nos baje los ánimos.
- Siempre hay alguien que tiene oídos para oír.
- Que los sabios pueden ser necios.
- Que corremos el riesgo de caer en las garras de los estoicos o de los epicúreos, a través de las ideas en boga de buscar la felicidad por la felicidad misma (Dice Tozer: Jesús no murió para que fuésemos felices sino para librarnos del pecado), sino que ésta, en todo caso, se alcanza la felicidad, el gozo, cuando Dios nos alcanza y nos salva, es decir, cuando descansamos en él (Filipenses 4:6 “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias”). O bien, como dirían los estoicos, que todo lo podemos con una buena dosis de “pensamiento positivo” a través de doctrinas o libros que nos recomiendan con buenas intenciones: ¿Dónde está mi queso?, por ejemplo, y muchos más.
- Que lo que hacía triunfar a Pablo era su fe, no en sí mismo, sino en Jesús y que no proclamó la felicidad, por la felicidad misma, sino que le escribió a Timoteo: “Sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo”, y en eso de sufrir penalidades Pablo fue un campeón.
Dios, nuestro Señor, les bendiga.
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