Con mi nieta juego a veces a preguntarle “Yatzil, dónde
estás”. Ella, a pesar de que no está escondida, responde: “Aquí toy”.
Esto me hizo recordar esa vez que
Dios, en el Huerto del Edén, le hace la misma pregunta a Adán. ¿Por qué le
pregunta? Porque Adán se escondió. Pero, ¿no es Dios omnisciente? Sí.
Seguramente sabía dónde estaba físicamente Adán, pero la pregunta va más allá de
la mera localización física, va a la localización emocional, espiritual.
Para Dios estamos siempre a la
vista, pues no importa donde nos escondamos, dice Salmos, él nos puede ver, así
nos vayamos al fondo del Seol allí él va
estar. Y no es que no sepa dónde estamos y trata de localizarnos con su
poderosa vista, sino que somos nosotros los que nos hemos extraviado voluntaria
o involuntariamente (caso raro), y estamos escondidos, a veces como los
avestruces, metiendo la cabeza en un agujero, pero dejando el cuerpo a
descubierto.
Ante la
reiteración de las preguntas de Dios, Adán finalmente sale de su escondite pues
sabe que no puede esconderse de Dios.
¿No les parece absurda la actitud
de Adán? Cuando pecamos, nuestra culpabilidad nos lleva a tratar de
escondernos. Dice el evangelio de Juan que los hombres amaron más las tinieblas
que la luz porque sus obras eran malas, es decir, se esconden para pecar, como
si la ausencia de luz los pusiera a salvo de la vista de Dios. Cuando era niño
y me portaba mal y mi madre venía buscándome para ajustar cuentas, yo corría o
me escondía debajo de la cama. Más de una vez de allí me sacó para darme lo que
merecía. Es el pecado el que nos lleva a escondernos.
Y como a Adán, Dios también nos
llama. E igual que Adán, buscamos guarecernos de su mirada. Quizá, como Jonás, nos
vamos lejos o pongamos excusas al llamado, Es que soy muy niño, dijo Jeremías;
o, no sé hablar, dijo Moisés.
Y así pasamos largos años
arrinconados en un clóset pasándola en verdad mal. Quizá ese closet sea una
vida disoluta, o negocios torcidos o relaciones turbias, o nos escondemos en
nuestra necedad o en nuestra amargura. pero algo en el fondo nos lastima hasta
que de pronto tocamos fondo y decimos como el hijo pródigo: “No tengo
necesidad, iré a mi padre”. Y salimos, finalmente, a la luz para reencontrarnos
con él.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario