jueves, 27 de febrero de 2014

ADÁN, ¿DONDE ESTÁS TÚ?


Con mi nieta juego a veces a preguntarle “Yatzil, dónde estás”. Ella, a pesar de que no está escondida, responde: “Aquí toy”.
Esto me hizo recordar esa vez que Dios, en el Huerto del Edén, le hace la misma pregunta a Adán. ¿Por qué le pregunta? Porque Adán se escondió. Pero, ¿no es Dios omnisciente? Sí. Seguramente sabía dónde estaba físicamente Adán, pero la pregunta va más allá de la mera localización física, va a la localización emocional, espiritual.
Para Dios estamos siempre a la vista, pues no importa donde nos escondamos, dice Salmos, él nos puede ver, así nos vayamos al fondo del Seol  allí él va estar. Y no es que no sepa dónde estamos y trata de localizarnos con su poderosa vista, sino que somos nosotros los que nos hemos extraviado voluntaria o involuntariamente (caso raro), y estamos escondidos, a veces como los avestruces, metiendo la cabeza en un agujero, pero dejando el cuerpo a descubierto.
            Ante la reiteración de las preguntas de Dios, Adán finalmente sale de su escondite pues sabe que no puede esconderse de Dios.
¿No les parece absurda la actitud de Adán? Cuando pecamos, nuestra culpabilidad nos lleva a tratar de escondernos. Dice el evangelio de Juan que los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas, es decir, se esconden para pecar, como si la ausencia de luz los pusiera a salvo de la vista de Dios. Cuando era niño y me portaba mal y mi madre venía buscándome para ajustar cuentas, yo corría o me escondía debajo de la cama. Más de una vez de allí me sacó para darme lo que merecía. Es el pecado el que nos lleva a escondernos.
Y como a Adán, Dios también nos llama. E igual que Adán, buscamos guarecernos de su mirada. Quizá, como Jonás, nos vamos lejos o pongamos excusas al llamado, Es que soy muy niño, dijo Jeremías; o, no sé hablar, dijo Moisés.
Y así pasamos largos años arrinconados en un clóset pasándola en verdad mal. Quizá ese closet sea una vida disoluta, o negocios torcidos o relaciones turbias, o nos escondemos en nuestra necedad o en nuestra amargura. pero algo en el fondo nos lastima hasta que de pronto tocamos fondo y decimos como el hijo pródigo: “No tengo necesidad, iré a mi padre”. Y salimos, finalmente, a la luz para reencontrarnos con él.

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