domingo, 7 de febrero de 2016

EL PODER DE LA FE


“Cuando llegaron a la multitud, se le acercó un hombre, que arrodillándose delante de El, dijo: Señor, ten misericordia de mi hijo, porque es epiléptico y sufre terriblemente, porque muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Y lo traje a tus discípulos y ellos no pudieron curarlo. Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo acá. Y Jesús lo reprendió y el demonio salió de él, y el muchacho quedó curado desde aquel momento. Entonces los discípulos, llegándose a Jesús en privado, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos expulsarlo? Y El les dijo: Por vuestra poca fe; porque en verdad os digo que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: “Pásate de aquí allá”, y se pasará; y nada os será imposible. Pero esta clase no sale sino con oración y ayuno.
MATEO: 17: 14-21

“Decirle a un monte que se pase de aquí para allá” significa poder montarnos en el poder de Dios y hacer maravillas. ¿Pero, cómo podemos montarnos en su poder? Su poder nos queda tan lejano, tan ajeno, y henos aquí, criaturas débiles sujetas a cualquier vaivén de la vida.
Cuando era niño, a mis amigos y a mí, nos gustaba montarnos en los camiones para viajar gratis agarrados de las escalerillas o de algún saliente. Generalmente nos subíamos cuando estaba en movimiento. Para lograrlo teníamos primero que correr a la misma velocidad del autobús.
Así que para “montarnos” en el poder de Dios tenemos que “sintonizarnos”, es decir, correr a su velocidad para montarnos y estando en él, podemos usar su poder guiados por el Espíritu Santo.
¿Cómo lograrlo? Jesús les dice que para sintonizarnos con él hay que desarrollar la fe hasta lograr el tamaño mínimo para estar en sintonía con Dios. La fe es la clave.

Si, la fe, es el gran motor para hacer incluso lo imposible
·      Mt. 8.26. El señor aquietó la tormenta, una muestra de lo que hace la fe.
·      Mt. 9. 22. Hija tu fe te ha salvado
·      Mt. 8:5-13 Jesús sana al siervo de un centurión

La falta de fe produce lo contrario
·      Mateo 14:31. Tomando a Pedro de la mano le dijo “hombre de poca fe”.
·      Lucas 8:25.  ¿Dónde está vuestra fe?

Y es preocupante que un signo del final de los tiempos será precisamente la ausencia de fe. En Lucas 18:8 el Señor plantea en este pasaje a la falta de fe como un afirmación interrogativa. Dice: “¿Hallaré fe?”

Una y otra vez el Señor les demostró a sus discípulos que en realidad no tenían fe. De modo que cuando lo entienden le piden: “Señor, auméntanos la fe”. (Lucas 17: 25)

¿Pero, cómo se desarrolla la fe?

El señor les contesta en este pasaje con una respuesta similar al pasaje que hemos reproducido al inicio: “Si tuvieres fe como un grano de mostaza…”, pero ahora en vez de montaña pone como ejemplo a un sicomoro, es decir, que pueden hacer que un árbol de este tipo se traslade al mar. Hay que señalar que el sicomoro es un árbol que llega a medir 20 metros de alto y un tallo de 6 de ancho. Es muy grande.
Pero la fe no sólo es un poder que puede alterar lo físico sino también un herramienta importante para comprender lo incomprensible, como dice en Hebreos 11:3: “Por la fe entendemos haber sido constituido el Universo por la palabra de Dios…”. Sin la fe, aunque leamos cientos de veces este pasaje no comprendemos nada. Cuando creemos, el Señor nos revela cómo hizo el universo, algo que los científicos buscan afanosamente analizando cuidadosamente el universo y sus materiales.

¿Pero, cómo se desarrolla la fe?

El apóstol Pablo nos dice una forma. Dice: “La fe viene por el oír”.

¿Oír? ¿Oír qué? En la vida cotidiana muchas de nuestras decisiones vienen por lo que oímos. Si alguien nos cuenta de una oferta interesante, allá vamos. O si en un lugar pasa algo peligroso, no vamos. Hoy los medios influyen muchísimo en nuestras decisiones. Pero esto sucede sólo si creemos en eso que nos dicen. Si no creemos, no hacemos nada o hacemos los contrario.
Oír la palabra de Dios nos permite enterarnos quién es Dios y que puede hacer y qué debemos hacer. El eunuco, cuando Felipe le predicó, de inmediato pidió ser bautizado.
Entonces, podemos afirmar que debemos abrir atentamente nuestro oídos a la palabra de Dios. Es decir, acostumbrarnos a oír su palabra y esto nos va a llevar a que su verdad se implante en nosotros y crezca y empecemos a darle participación a Dios en nuestra vida. Oírla nos va a llevar a pensar y a evaluar todo a la luz de su palabra y cuando de pronto veamos, la fe empezará a florecer en nosotros.
Por ello, cada día abramos nuestros oídos a la palabra de Dios. Yo, cada mañana, oía un noticiero de radio que informa de noticias tan terribles que luego me dejaban en un estado de zozobra. Un día me dije: en vez de oír malas noticias, voy a oír buenas. Desde entonces, cada mañana, antes de empezar el día, abro la Biblia y leo, leo las extraordinarias noticias para un mundo convulso en crisis económicas, inseguridad, contaminación, explotación, terrorismo, narcotráfico, etc. Y su voz resuena entre las malas noticias, de que Él sigue operando en el mundo, de que su gracia, inagotable, sigue vigente y dispuesta a todo aquel que se atreva a tomarla en serio. Que esa oferta de “Venid a mi todos los que estéis cargados y cansados que yo os haré descansar” sigue vigente.

Oración y ayuno

En el pasaje que hemos puesto al inicio, Jesús les responde: “Pero esta clase no sale sino con oración y ayuno”.
¿Qué significa esto? Significa que estas dos actividades son dos formas para desarrollar una fe poderosa, la fe que puede ser capaz hasta de mover algo tan inamovible como las montañas o los sicomoros.
¿Qué es la oración? ¿Cómo puede lograrlo? Cuando el Señor estaba a punto pasar por una las pruebas más espantosa de su vida, fue al Huerto de Getsemaní a orar. Es decir, a ponerse en sintonía con Dios. Y de esa forma, lleno de poder, pudo ir como oveja al matadero y enfrentar el suplicio de la cruz del calvario. Recordemos que era hombre y como hombre tenía las mismas debilidades que nosotros. “La oración es el arma de la boca…” dicen los Rabinos. El Salmo 145:18 dice: “Cercano está Jehová a todos los que le invocan. Y a todos los que le invocan de veras”.
Friedlânder dice: “La oración tiene el efecto saludable de purificar, perfeccionar y ennoblecer nuestro corazón. Ahuyenta los pensamientos malos y nos ahorra, por lo tanto, mucho dolor y aflicción (Cita mencionada en el libro Padre nuestro de William Barclay).
La oración es el instrumento que nos conecta a Dios, es el enchufe. Acuérdense que el Señor dice en Juan: “Yo soy la vida vosotros los pámpanos, sin mí nada podéis hacer”.

¿Y qué es el ayuno? Hay personas que consideran que no hay cosa más importante que la comida. La comida es su culto. Y han creado todo un sistema alimenticio con el cual pretenden resolver todos sus problemas.
            Pero en las épocas bíblicas la situación de la comida era muy diferente que la que existe ahora, a pesar de que la falta de alimento sea hoy un problema para muchos pobres del mundo. Simplemente, imagínense qué tan valiosa era la comida en un lugar donde no había supermercado, ni tianguis, ni tienditas, no Oxxos. Y que no había trabajos físicos, ni pensiones alimenticia a los desempleados, ni comedores asistenciales, nada. De modo que cuando no había cosechas, ni los ricos podían tener alimentos. Es por ellos que quizá comer fuese uno de los placeres más preciados. Y la preocupación central de todos los días.
En este contexto ayunar significaba dejar de satisfacer uno de los deseos más preciados para entrar en comunión con Dios de una forma plena. Hoy podríamos practicar diversos tipos de ayunos: ayuno de diversión, de comodidades, de golosinas, de aquellos que nos es más importante y gastar nuestro tiempo con Dios. Por ejemplo, podríamos ir caminando al trabajo y en ese trayecto ir orando con Dios. O podemos ayunar de diversiones: no ver la tele o ir al cine o escuchar música, sino concentrarnos en el Señor y entrar en momentos de comunión intensa con él. El poder que experimentáramos sería extraordinario.

La frustración de los apóstoles

¿Por qué nosotros no pudimos? Y esa es también nuestra pregunta. ¿Por qué nosotros no podemos hacer los milagros que hicieron los discípulos del Señor después de que Él se fue? En Juan 14: 12 el Señor dijo: “Estas cosas haréis y mayores porque yo voy al Padre”. Entonces, ¿por qué no podemos?
El problema es que queremos usar el poder de Dios estando en tierra, sin habernos llenado de él de su poder. Es como querer viajar velozmente (como podemos hacerlo en un automóvil) sin subirnos al autobús. Cerramos los ojos, apretamos los puños y nada pasa. Esa fue la experiencia de los apóstoles con ese niño enfermo. El poder de Dios no estaba en ellos, porque ellos no se habían subido, no se habían apropiado de ese poder al cual se accede con la llave de la fe.
Sin fe, nada podemos hacer. Leemos en Mt. 16:8 que en previo al momento en que el Señor multiplica los panes, les dijo a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Y ellos no pudieron. Por qué. Porque no creían pues “Al que cree, todo puede…” (Mr. 9:23), no a los que no creen.
Es decir, aquel que ha desarrollado de tal manera su conexión y sintonía con Dios, se convierte en instrumento de grandes portentos y maravillas de Dios.
            La invitación entonces es a desarrollar la fe.

OBSTACULOS DE LA FE

Uno de los obstáculos de la fe es la confianza en nuestro recursos pues nos priva de desarrollar y probar la fe. Y eso nos hace que en las circunstancias difíciles nos sintamos tan inútiles.

La escuela de la fe

¿Hay una escuela de la fe? Por supuesto. Veamos. Es interesante que el Señor antes de comenzar su ministerio haya pasado 40 días en el desierto. Y que los grandes maestros de la fe que enlista Hebreos 11 fueron personas comunes, pero que pasaron por procesos, a veces terribles, donde aprendieron a desarrollar su fe. Es decir, circunstancias en las que pudieron ver la mano de Dios obrando. Esto los llevó a confiar plenamente en él. Es por ello que las pruebas son momentos de sumo gozo, pues son los momentos en que destronados del yo podemos ver que Dios se está ocupando de nosotros, sentimos y vemos su poder.
Para confiar en Dios hay que descubrirle. No podemos confiar en un ser desconocido, en alguien que hemos conocido de oídas. Job 42:5 dice: ”De oídas te conocía, más ahora mi ojos te ven”. Job pasó por un proceso terrible para que sus ojos fuesen abierto, para que tuviera un fe de esas que mueven montañas.

ORACIÓN
Oh Señor, ya no queremos conocerte de oídas, ser cristianos de oídas, queremos que nuestros ojos te vean, que podamos sentirte como sentimos un árbol, el agua, el aire, tan tangible como cualquier cosa creada tuya. Queremos que nuestros oídos te oigan, nuestro olfato te huela, y nuestras manos te sientan. Aquí estamos, Padre, para hacer tu voluntad.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

ESTUDIO SOBRE APOCALIPSIS 20: Los mil años

Jeremías Ramírez El tema principal de este capítulo 20 es ese periodo de tiempo denominado “Milenio” y que ha sido causa de enorme discusión...