viernes, 5 de febrero de 2016

¿QUIEN ES JESÚS?


Cuando Juan El Bautista estaba en la cárcel, llevado allí por Herodes El Grande hizo llamar a sus discípulos para que fueran a preguntarle a Jesús algo que le mordía el ánimo. Los discípulos fueron a Jesús de inmediato:

Lucas 7:20
—Juan el Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: “¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?”

Cuando consideramos que Juan El Bautista fue quien le preparó el camino llamando al arrepentimiento a mucha gente, y quien había declarado reiteradamente que detrás de él venía alguien que él decía— “no soy digno de desatar la correa del calzado. Y cuando finalmente vio llegar a Jesús a dónde él estaba bautizando exclamó: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, nos parece poco entendible el por qué dudó de Jesús, por qué mandó a sus discípulos a preguntarle a Jesús si él era a quienes los judíos esperaban.

Jesús realiza, en ese momento, diversos milagros y luego les dice a los enviados de Juan a que vayan a contarle lo que ellos vieron. Es decir, su respuesta fue hacer aquello que estaba profetizado podría hacer el Mesías, y no con argumentos ni siquiera bíblicos. Esto nos recuerda las palabras del apóstol Pablo a los Corintios.

1 Corintios 2:4
“…y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder…”

Pero ellos no eran los únicos que dudaban, de hecho muchos quienes de una u otra forma lo conocieron en su momento, es decir, en forma directa o de oídas, se preguntaban quién era este hombre y algunos se atrevían a afirmar diversas cosas. Y lo sabemos porque el apóstol Juan narra varios pasajes sobre las conjeturas de la gente, y remata con un diálogo singular en el que Jesús le pregunta a sus discípulos: “Quien dice la gente que soy”.

Los apóstoles contestan precisamente con esas conjeturas que la gente se hacía al no aceptar que Jesús era el Mesías esperado.

Mateo 16:13-14
Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?
Ellos dijeron:
—Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.

Y luego  les pregunta algo esencial: “Quien decís vosotros que soy”. Tal vez se hizo súbitamente un silencio entre ellos. ¿También dudaban? El pasaje no nos dice, pero su actitud cuando toman preso al Señor nos revela que ellos tampoco tenían en claro que Jesús era el Hijo de Dios, es decir, Dios mismo. En esa ocasión sólo Pedro contesta contundentemente: “Tu eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”.

Ahora, supongamos que el Señor nos encuentra un domingo en el culto, pide la palabra y nos pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Creo que muchos contestaríamos lo que hemos oído reiteradamente lo que se dice de él en los diarios, en los documentales, en las revistas, en algunos libros dizque científicos: que fue un iniciado, que fue un simple carpintero, un pueblerino sin más mérito que el resto de los mortales, una invención, un fraude, un mito, una proyección de mentes débiles, un gran hombre, un sabio, un extraterrestre…

Luego nos encararía y nos preguntaría: ¿Y ustedes, qué dicen que soy?

Silencio, silencio… de pronto, una mano que se alza y balbucea conceptos prefabricados, frases inconexas… Sí, al parecer, tampoco la iglesia que se dice cristiana tiene claro quien es Jesús.

Alguien por allí, tímidamente, dirá: “Tu eres mi Señor y Salvador…” Quizá entonces el Señor se alegraría y diría como entonces a Pedro: “Bienaventurado porque no te lo reveló ni carne ni sangre sino mi padre que está en los cielos”.

Si bien este caso hipotético quizá piense nunca va a suceder, déjeme decirle que es la misma gente que a veces nos topamos a diario que a veces nos pregunta quién es Jesús y por qué creemos en él, y muchas veces no sabemos qué contestar.

Para que esta situación embarazosa no vuelva a suceder, déjeme darle una ideas para que declare con precisión quién es Jesús cuando le pregunte o cuando usted mismo se pregunte.

Cuando Dios se le presentó a Moisés en el desierto en la zarza ardiente le reveló su nombre para que lo declarara a los israelitas y al Faraón:  YO SOY EL QUE SOY. Este era el nombre que debía mencionar ante Faraón y ante los Israelitas. Es un nombre extraño y singular pero que afirma que El Señor ES, es decir, el que siempre existe, el eterno, el que vive para siempre

Revisando el evangelio del apóstol Juan encontramos que el Señor Jesús usa la misma frase para afirmar quién es. Reiteradamente dice YO SOY. Y son esas respuestas las que nos revelan con claridad quién es Jesús, y quién debe ser para nosotros y quién es para la humanidad.

Y de esta manera está confirmando, en primer lugar, que él es Dios, que El ES. Y en ese Yo soy nos va revelando su grandeza puesta a nuestro servicio.

6:48 “Yo soy el Pan de vida”. Y añadió en el 6:51 “Yo soy el pan vivo”. Jesús es quien puede satisfacer las necesidades profundas, las necesidades del alma que ni la meditación, el dinero, los logros, pueden darnos. A la Samaritana le dijo que el agua del pozo donde ella estaba tomando su agua sólo satisfacía la sed momentáneamente, pero el agua que él le daría, nunca más iba a tener sed. El es el Pan que sacia las necesidades humanas de manera perfecta y permanente. Esto es difícil de demostrar pero que se  puede experimentar., aunque para ello a muchos nos cuesta mucho tiempo y mucho trabajo.

8:12 “Yo soy la luz del mundo”. ¿Qué significa esto? Bueno, primeramente es una de las principales características que se le atribuyen a Dios. Cuando irrumpió al principio par a dar vida a todo, dijo Hágase la luz. Y la luz se hizo. Jesús, como luz, es quien permite distinguir con la claridad la situación humana y nuestra situación y cuando nos ilumina las cosas empiezan a tener sentido. En unas de sus cartas, el apóstol Juan nos dice que Dios es luz y ninguna tinieblas. Quizá por el ello el mismo apóstol nos dice en Juan 1:4 que “en Él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres”. Una de las acciones que el Señor hizo en su ministerio es devolverle la vista a los ciegos, es decir, a darles luz. Cuando uno de estos ciegos fue interrogado y además intimidado diciéndole que si no sabía que quien le había devuelto la vista era un pecador, él contestó categórico:

 Juan 9:25
“Mas él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.”

Y cuando llegó al mundo, quien anunció su llegada fue con la hermosa luz de una estrella. Una luz que vino a alumbrar la oscura existencia de los seres humanos. Sin embargo, los hombres de aquella época y muchos de la nuestra no lo aceptan

Juan 3: 19
“Y ésta es la condenación: la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas…

10: 7 “Yo soy la puerta de las ovejas”.  Nos cuentan los investigadores que en los tiempos del Señor había dos tipos de corrales. Unos dentro de las ciudades, perfectamente construido con piedra y una puerta de madera, pero en el campo había otros corrales más rústicos para resguardar las ovejas cuando se retrasaban y ya  no podían entrar a la ciudad; entonces, resguardaban en estos corrales a las ovejas. La puerta de estos corrales no era más que un boquete y el pastor, cuando ya estaban dentro, se recostaba en la entrada de modo que él era la puerta. Esta es la imagen que Jesús enseña. Él es la puerta que resguarda la entrada y salida. Sólo podemos tener acceso a su reino entrando por Él.

10:11 “Yo soy el buen pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas”… Y su vida dio. El mal pastor, busca lo suyo. El cristianismo se forjó a partir de la Cruz, es decir, cuando, al morir en la Cruz, rasgó el velo del templo y abrió la puerta de acceso a Dios. Por amor a nosotros, entregó su vida y con ello derrotó el imperio de la muerte.

11:25 “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá…”.  Los antiguos egipcios creían en la resurrección y buscaban conservar el cuerpo para que estuviera conservado, pero estaban equivocados. La resurrección que Dios nos da no es para regresarnos al mismo cuerpo corrupto, sino nos revestirá de nuevos cuerpos, perfectos, imperecederos. Esto le permite al apóstol Pablo en Romanos: “Dónde está oh muerte tu aguijón.”

14:6 “yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene a Padre sino por mi”.
El Señor es el Camino, seguirlo es caminar por su sendero, y su sendero es verdadero, es decir, no es la verdad científica que es aproximativa sino la revelación profunda de quienes somos y a dónde vamos y quién nos revela a nosotros mismo nuestra miseria. Contrastarnos contra él que es la verdad es vernos tal como somos y la necesidad de ser limpiados por él. Y esta llegarnos a él nos da vida, y una vida en abundancia.

15:1 “Yo soy la vida verdadera y mi Padre es el labrador. Sin mi, nada podéis hacer.”
Él es entonces la fuente de vida. Unidos orgánicamente a él, como el bebé está unido a la madre por la cordón umbilical, podemos recibir su fluido vital y ya no vivir nosotros sino Cristo en nosotros, como escribía el apóstol Pablo.

Todo esto que hemos revisado nos permite ver la profundidad de lo que nos dice Hebreos 12:1.
Hebreos 12
1  Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante,
2 puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.

A la luz de estos YO SOY podemos afirmar que no hay nada más sabio que el hombre puede hacer que vivir la vida poniendo los ojos en Jesús, buscando anhelantemente llegar a tener su estatura, pero es asimismo nuestra entrada, nuestro caminar, nuestro camino y el magnífico modelo a seguir.

No dudemos nunca de Jesús. Pueden criticarnos, enjuiciarnos, burlarse de nosotros intentando desacreditar a Cristo. Y en medio de las burlas o las críticas, que en nuestro corazón brille YO SOY.

En estos dos versículos, entonces, se nos invitan a correr la carrera cristiana bajo unas condiciones que inevitablemente nos van a hacer vencedores y más que vencedores.

1)   Rodeados de testigo: unos nos aplauden, otros, nos consuelan, otros nos alientan o nos echan porras, como en un estadio…
2)   Despojándonos de todo peso, sea pecado o no, pero nos estorba para correr. Pueden ser aficiones, compromisos sociales o laborales, anhelos, amistades, hábitos, y, por supuesto, los pecados.
3)   Puestos los ojos en Jesús. El es nuestro guía, nuestro modelo y nuestra meta. Efesios. 4:13 “…hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo…”

Ser cristiano es entonces correr una carrera ardua, difícil, pero magnífica para alcanzar a ser como Jesús.



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