Cuando Juan El Bautista estaba en la cárcel, llevado allí
por Herodes El Grande hizo llamar a sus discípulos para que fueran a
preguntarle a Jesús algo que le mordía el ánimo. Los discípulos fueron a Jesús
de inmediato:
Lucas 7:20
—Juan el
Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: “¿Eres tú el que había de venir
o esperaremos a otro?”
Cuando consideramos que Juan El Bautista fue quien le
preparó el camino llamando al arrepentimiento a mucha gente, y quien había
declarado reiteradamente que detrás de él venía alguien que él —decía—
“no soy digno de desatar la correa del calzado. Y cuando finalmente vio llegar
a Jesús a dónde él estaba bautizando exclamó: “He aquí el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo”, nos parece poco entendible el por qué dudó de Jesús,
por qué mandó a sus discípulos a preguntarle a Jesús si él era a quienes los
judíos esperaban.
Jesús realiza, en ese momento, diversos milagros y luego les
dice a los enviados de Juan a que vayan a contarle lo que ellos vieron. Es
decir, su respuesta fue hacer aquello que estaba profetizado podría hacer el
Mesías, y no con argumentos ni siquiera bíblicos. Esto nos recuerda las
palabras del apóstol Pablo a los Corintios.
1 Corintios 2:4
“…y ni mi palabra ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de
humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder…”
Pero ellos no eran los únicos que dudaban, de hecho muchos
quienes de una u otra forma lo conocieron en su momento, es decir, en forma
directa o de oídas, se preguntaban quién era este hombre y algunos se atrevían
a afirmar diversas cosas. Y lo sabemos porque el apóstol Juan narra varios
pasajes sobre las conjeturas de la gente, y remata con un diálogo singular en
el que Jesús le pregunta a sus discípulos: “Quien dice la gente que soy”.
Los apóstoles contestan precisamente con esas conjeturas que
la gente se hacía al no aceptar que Jesús era el Mesías esperado.
Mateo 16:13-14
Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus
discípulos, diciendo:
—¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?
Ellos dijeron:
—Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de
los profetas.
Y luego les pregunta
algo esencial: “Quien decís vosotros que soy”. Tal vez se hizo súbitamente un
silencio entre ellos. ¿También dudaban? El pasaje no nos dice, pero su actitud
cuando toman preso al Señor nos revela que ellos tampoco tenían en claro que
Jesús era el Hijo de Dios, es decir, Dios mismo. En esa ocasión sólo Pedro
contesta contundentemente: “Tu eres el Cristo, el hijo del Dios viviente”.
Ahora, supongamos que el Señor nos encuentra un domingo en
el culto, pide la palabra y nos pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Creo
que muchos contestaríamos lo que hemos oído reiteradamente lo que se dice de él
en los diarios, en los documentales, en las revistas, en algunos libros dizque
científicos: que fue un iniciado, que fue un simple carpintero, un pueblerino
sin más mérito que el resto de los mortales, una invención, un fraude, un mito,
una proyección de mentes débiles, un gran hombre, un sabio, un extraterrestre…
Luego nos encararía y nos preguntaría: ¿Y ustedes, qué dicen
que soy?
Silencio, silencio… de pronto, una mano que se alza y
balbucea conceptos prefabricados, frases inconexas… Sí, al parecer, tampoco la
iglesia que se dice cristiana tiene claro quien es Jesús.
Alguien por allí, tímidamente, dirá: “Tu eres mi Señor y
Salvador…” Quizá entonces el Señor se alegraría y diría como entonces a Pedro: “Bienaventurado
porque no te lo reveló ni carne ni sangre sino mi padre que está en los cielos”.
Si bien este caso hipotético quizá piense nunca va a
suceder, déjeme decirle que es la misma gente que a veces nos topamos a diario
que a veces nos pregunta quién es Jesús y por qué creemos en él, y muchas veces
no sabemos qué contestar.
Para que esta situación embarazosa no vuelva a suceder, déjeme
darle una ideas para que declare con precisión quién es Jesús cuando le
pregunte o cuando usted mismo se pregunte.
Cuando Dios se le presentó a Moisés en el desierto en la
zarza ardiente le reveló su nombre para que lo declarara a los israelitas y al
Faraón: YO SOY EL QUE SOY. Este era el
nombre que debía mencionar ante Faraón y ante los Israelitas. Es un nombre
extraño y singular pero que afirma que El Señor ES, es decir, el que siempre
existe, el eterno, el que vive para siempre
Revisando el evangelio
del apóstol Juan encontramos que el Señor
Jesús usa la misma frase para afirmar quién es. Reiteradamente dice YO SOY. Y
son esas respuestas las que nos revelan con claridad quién es Jesús, y quién
debe ser para nosotros y quién es para la humanidad.
Y de esta manera está confirmando, en primer lugar, que él
es Dios, que El ES. Y en ese Yo soy
nos va revelando su grandeza puesta a nuestro servicio.
6:48 “Yo soy el Pan
de vida”. Y añadió en el 6:51 “Yo soy el pan vivo”. Jesús es quien puede
satisfacer las necesidades profundas, las necesidades del alma que ni la
meditación, el dinero, los logros, pueden darnos. A la Samaritana le dijo que
el agua del pozo donde ella estaba tomando su agua sólo satisfacía la sed
momentáneamente, pero el agua que él le daría, nunca más iba a tener sed. El es
el Pan que sacia las necesidades humanas de manera perfecta y permanente. Esto
es difícil de demostrar pero que se
puede experimentar., aunque para ello a muchos nos cuesta mucho tiempo y
mucho trabajo.
8:12 “Yo soy la luz
del mundo”. ¿Qué significa esto? Bueno, primeramente es una de las principales
características que se le atribuyen a Dios. Cuando irrumpió al principio par a
dar vida a todo, dijo Hágase la luz. Y la luz se hizo. Jesús, como luz, es
quien permite distinguir con la claridad la situación humana y nuestra
situación y cuando nos ilumina las cosas empiezan a tener sentido. En unas de
sus cartas, el apóstol Juan nos dice que Dios es luz y ninguna tinieblas. Quizá
por el ello el mismo apóstol nos dice en Juan 1:4 que “en Él estaba la vida y
la vida era la luz de los hombres”. Una de las acciones que el Señor hizo en su
ministerio es devolverle la vista a los ciegos, es decir, a darles luz. Cuando
uno de estos ciegos fue interrogado y además intimidado diciéndole que si no
sabía que quien le había devuelto la vista era un pecador, él contestó
categórico:
Juan 9:25
“Mas él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que
habiendo yo sido ciego, ahora veo.”
Y cuando llegó al mundo, quien anunció su llegada fue con la
hermosa luz de una estrella. Una luz que vino a alumbrar la oscura existencia
de los seres humanos. Sin embargo, los hombres de aquella época y muchos de la
nuestra no lo aceptan
Juan 3: 19
“Y ésta es la condenación: la luz vino al
mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras
eran malas…
10: 7 “Yo soy la
puerta de las ovejas”. Nos cuentan
los investigadores que en los tiempos del Señor había dos tipos de corrales.
Unos dentro de las ciudades, perfectamente construido con piedra y una puerta
de madera, pero en el campo había otros corrales más rústicos para resguardar
las ovejas cuando se retrasaban y ya no
podían entrar a la ciudad; entonces, resguardaban en estos corrales a las
ovejas. La puerta de estos corrales no era más que un boquete y el pastor,
cuando ya estaban dentro, se recostaba en la entrada de modo que él era la
puerta. Esta es la imagen que Jesús enseña. Él es la puerta que resguarda la
entrada y salida. Sólo podemos tener acceso a su reino entrando por Él.
10:11 “Yo soy el buen
pastor: el buen pastor su vida da por las ovejas”… Y su vida dio. El mal
pastor, busca lo suyo. El cristianismo se forjó a partir de la Cruz, es decir,
cuando, al morir en la Cruz, rasgó el velo del templo y abrió la puerta de
acceso a Dios. Por amor a nosotros, entregó su vida y con ello derrotó el
imperio de la muerte.
11:25 “Yo soy la
resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera, vivirá…”. Los antiguos egipcios creían en la
resurrección y buscaban conservar el cuerpo para que estuviera conservado, pero
estaban equivocados. La resurrección que Dios nos da no es para regresarnos al
mismo cuerpo corrupto, sino nos revestirá de nuevos cuerpos, perfectos,
imperecederos. Esto le permite al apóstol Pablo en Romanos: “Dónde está oh
muerte tu aguijón.”
14:6 “yo soy el
camino, la verdad y la vida, nadie viene a Padre sino por mi”.
El Señor es el Camino, seguirlo es caminar por su sendero, y
su sendero es verdadero, es decir, no es la verdad científica que es aproximativa
sino la revelación profunda de quienes somos y a dónde vamos y quién nos revela
a nosotros mismo nuestra miseria. Contrastarnos contra él que es la verdad es
vernos tal como somos y la necesidad de ser limpiados por él. Y esta llegarnos
a él nos da vida, y una vida en abundancia.
15:1 “Yo soy la vida
verdadera y mi Padre es el labrador. Sin
mi, nada podéis hacer.”
Él es entonces la fuente de vida. Unidos orgánicamente a él,
como el bebé está unido a la madre por la cordón umbilical, podemos recibir su
fluido vital y ya no vivir nosotros sino Cristo en nosotros, como escribía el
apóstol Pablo.
Todo esto que hemos revisado nos permite ver la profundidad
de lo que nos dice Hebreos 12:1.
Hebreos 12
1 Por tanto, nosotros también,
teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo
peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que
tenemos por delante,
2 puestos
los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual
por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y
se sentó a la diestra del trono de Dios.
A la luz de estos YO SOY podemos afirmar que no hay nada más
sabio que el hombre puede hacer que vivir la vida poniendo los ojos en Jesús, buscando anhelantemente llegar a tener
su estatura, pero es asimismo nuestra entrada, nuestro caminar, nuestro camino
y el magnífico modelo a seguir.
No dudemos nunca de Jesús. Pueden criticarnos, enjuiciarnos,
burlarse de nosotros intentando desacreditar a Cristo. Y en medio de las burlas
o las críticas, que en nuestro corazón brille YO SOY.
En estos dos versículos, entonces, se nos invitan a correr
la carrera cristiana bajo unas condiciones que inevitablemente nos van a hacer
vencedores y más que vencedores.
1)
Rodeados
de testigo: unos nos aplauden, otros, nos consuelan, otros nos alientan o
nos echan porras, como en un estadio…
2)
Despojándonos
de todo peso, sea pecado o no, pero nos estorba para correr. Pueden ser
aficiones, compromisos sociales o laborales, anhelos, amistades, hábitos, y,
por supuesto, los pecados.
3)
Puestos
los ojos en Jesús. El es nuestro guía, nuestro modelo y nuestra meta. Efesios. 4:13 “…hasta que todos
lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón
perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo…”
Ser cristiano es entonces correr una carrera ardua, difícil,
pero magnífica para alcanzar a ser como Jesús.
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