sábado, 6 de febrero de 2016

LOS POBRES EN ESPÍRITU


Mateo 5:3
«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.


Algunas personas religiosas, como los de la teología de la liberación, creen que esta bienaventuranza está dirigida a los pobres económicos, a quienes viven en la miseria material, e incluso citan incompleta esta bienaventuranza. Dicen únicamente “Bienaventurados lo pobres…”
Pero el evangelio agrega “en espíritu” por lo que se aleja de la pobreza material y económica y se centra en la espiritual.

Ahora bien, qué podemos entender de sobre “pobreza espiritual”. No se refiere a los pusilánimes ni de los cobardes, ni de los conformistas, ni de los tímidos, ni gentes si valores ni ética, ni los ignorantes. La pobreza espiritual es la ausencia de soberbia, es decir, es lo opuesto del engreído, del vanidoso, del petulante…

Quizá por ello el modelo de “pobreza espiritual” que el mismo Señor dio fue el de un niño.

Mateo 18:3:
…y dijo: —De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Es decir, una persona (como muchos niños) que aún no tienen integrado en su cerebro “el quedar bien”. Si bien hay niños petulantes, orgullosos y presumidos, generalmente son el reflejo mecánico de lo que ven en casa, ni siquiera lo piensan. Un niño sin estos referentes tratará a los demás como iguales y no se detendrá a expresar con claridad lo que ve y siente no importando el rasgo social a quien les dirigen sus palabras .


Resumiendo, sólo quién ha perdido su ego puede estar abierto a la voz de Dios. Los niños, en general, no tienen aún ego y en esa condición están más receptivos a la voz de Dios.

Y perdemos el ego cuando algo o alguien nos derrumba de nuestro pedestal, como un accidente, una enfermedad grave, un conflicto que nos hace zozobrar... O bien, la presencia de Dios mismo. Cuando Pedro advierte la divinidad de Jesús, pues ante el milagro de la pesca super abundante, se arrodilla en el barco y le dice: "Aléjate de mi Señor, que soy hombre pecador". Pedro, en ese momento, había perdido plenamente el ego y esta es la cualidad que permite el encuentro con Dios.

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