lunes, 30 de julio de 2018

¿DÓNDE ESTÁ EL REINO DE DIOS?

ESTUDIO SOBRE LUCAS 7

Hoy muchos se preguntan ¿Y dónde está ese reino de Dios? Ya han pasado 20 siglos desde que vino Cristo anunciando su reino y el mundo está hecho un caos. Este capítulo nos muestra que ese reino llegó con él y desde entonces está vigente, sólo que no se percibe porque la mayoría de la gente vive fuera de ese reino.
Generalmente los reinos demuestran su presencia con el uso del poder, de la fuerza, imponiendo leyes, fronteras, y una fuerza armada (policías, soldados, vigilantes). El reino de Dios no muestra su presencia de esa manera, sino a través del amor, de la misericordia. Cuando alguien entre a ese reino, cambia su manera de ser y de esa forma demuestra que es ciudadano de ese reino.
Estos cuatro pasajes que contiene este capítulo dan enseñan cómo se hace presente ese reino, invisible muchas veces para la mayoría, pero sumamente tangible.

Jesús sana al siervo de un centurión
(Mt. 8.5-13)
1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía, entró en Capernaum.
2 Y el siervo (esclavo) de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir.
3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo.
4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo;
7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano.
8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano (hugiainonta: término médico que indica: totalmente recuperado) al siervo que había estado enfermo.

Este pasaje demuestra que Jesús no acotaba su ministerio a los judíos. Así como reza la publicidad telefónica de que México es territorio Telcel, en el caso de Dios, todo el mundo, todos los continentes, todas las culturas, todas las razas, son territorio de su misericordia y de su amor.
Pero vayamos a fondo. En este caso, llama la atención la fe del centurión (del cual no sabemos su nombre) que se caracteriza por varios aspectos relevantes:

1)    Creyó sin ver (Bienaventurados lo que No vieron y creyeron, le dice Jesús a Tomás): Cuando el centurión oyó hablar de Jesús…”(V.3)
2)    Era humilde a pesar de su autoridad militar romana. Era un centurión, es decir, un oficial del ejército (con un grado similar al de un actual capitán) el cual tenía un mando táctico y administrativo, cuyas cualidades eran: resistencia, templanza y mando, y quien comandaban una centuria, formada por 80 hombres, en función de las fuerzas en el momento dado y de si la centuria pertenecía o no a la Primera Cohorte (agrupación). Cada cohorte está formada por 6 centurias, excepto la primera cohorte que tiene 5 centurias, pero el doble de hombres en cada una de ellas.
3)     Sabía que como gentil “no era digno”: “No soy digno que entres bajo mi techo (v6)”
4)     Confiaba en el PODER de Dios que no tiene límites y cuyo cumplimiento es seguro: “Di la palabra y mi siervo será sano…(v7)”
5)     Sabia distinguir la autoridad y la respetaba; a diferencia de muchos “judíos” que no la distinguían ni la respetaba, es más, dudaban de la autoridad de Jesús. V. 30: “los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios”
6)    CONCLUSIÓN: El Señor se maravilló. Esta es una de las dos ocasiones en que el Señor se maravilló, se admiró. La otra está en Marcos: 6:6: “Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando”. En ambas se escribe con la misma palabra “Thatmázate”.

¿Por qué complació a Dios que trascendiera este hecho a través de la Biblia y a través de los siglos? Para darnos una lección y aprender en qué consiste la fe, la cuál es un factor fundamental para ser seguidor de Jesús. Si bien este ejemplo fue una gran lección para los suyos y la gente que lo rodeaba, es un indicador, un parámetro para los cristianos de todos los tiempos, pues nos dice cuáles son los aspectos básicos de la fe: no necesitar mayores pruebas (sin ver), humildad ante Dios (la soberbia mata la fe, reconocer nuestra indignidad (Digno es el cordero decían ángeles, seres vivientes y ancianos por millares (Ap. 5:11-12).

Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín (deleitoso, prado)
11 Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud.
12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad.
13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores.
14 Y acercándose, tocó el féretro (camilla mortuoria); y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate.
15 Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre.
16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y Dios ha visitado a su pueblo.
17 Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor.

He aquí otro ejemplo de misericordia. Jesús venía a Nain de Capernaum, si es que este acontecimiento sucedió inmediatamente después de la sanación del esclavo del centurión. Naín se encuentra al sur de Galilea, muy cerca de Nazareth (unos 8 kilómetros), y a unos 50 kilómetros de Capernaum, aproximadamente.
Nos dice este pasaje que el señor, cuando estaba a la entrada de la ciudad, vio un cortejo fúnebre y “se compadeció”. El nuevo testamento interlineal dice: “conmovido desde las entrañas” (esplagchthë). Un comentarista dice que la palabra que escribió Lucas es la más fuerte para indicar que estaba profundamente conmovido.
¿Por qué? Seguramente nadie de sus acompañantes advertía que era el terrible drama de una viuda. Jesús sí lo supo. Y supo que le esperaba a esta mujer al morirse el último hombre en su familia. Las viudas eran las personas más vulnerables y desamparadas en ese tiempo. De ahí que el inicio del diaconado fue precisamente un ejercicio para atender a las viudas de los griegos (Hechos 6). Al parecer, las viudas eran atendidas en ocasiones por las sinagogas, pero tal vez de una manera muy pobre, de modo que muchas estaban en el abandono. Fue precisamente una viuda la que dio una gran lección de generosidad cuando depositó como ofrenda todo lo que tenía para su sustento, que en valor era muy poquito. Esto indica la miseria de las viudas. Por ello, la iglesia desde sus inicios empezó a atender a las viudas (un signo evidente de que eran una comunidad que vivía en Dios, porque mostraban misericordia), pero había quejas de que la desatención desigual de las viudas griegas, y para corregir el problema se inicia el diaconado.
Regresando al drama de la viuda de Nain, ¿Cómo solucionar el problema de la viuda? La solución más efectiva prácticamente era irremediable: que su hijo volviera a la vida. Y eso hizo el Señor.
El hecho es sumamente sorprendente. La reacción no se dejó esperar, pero fallaron en la interpretación: UN GRAN PROFETA… Y eso creían muchos, que Jesús era sólo un profeta, grande, poderoso, pero sólo un profeta. Hoy muchos tienen ideas erróneas acerca de Jesús. Dicen que es un iniciado, un sabio, un gran pensador, un revolucionario (y aún entre los cristianos piensan cosas similares), pero pocos dicen como Pedro: “Tú eres el Hijo del Dios viviente”. O como finalmente declaró Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”

Los mensajeros de Juan el Bautista
(Mt. 11.2-19)
18 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos,
19 y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
21 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista.
22 Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
23 y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.

He aquí un pasaje que ha enredado a muchos: ¿por qué dudó Juan el Bautista? ¿Había olvidado al Espíritu Santo confirmando a Jesús como el hijo de Dios en el momento de su bautismo? No lo sabemos. O al menos yo no puedo explicarlo. Pero podemos pensar que un hombre encerrado en una de las cárceles (que en ese tiempo debieron de ser más terribles que ahora) más terribles su fe tambaleara. Se sabe que Juan estaba recluido en la fortaleza llamada Maqueronte, construida por un general de Pompeyo en el año 57 en la cumbre de una colina en la antigua Perea, en la actual Jordania, y que Herodes el Grande la había reconstruido como puesto militar, y quien se la heredó a su hijo Herodes Antipas, quien fue quien encarceló a Juan. Y Juan confinado en una fría celda, sucia e inhóspita, abandonado de todos, sufriendo a manos del poder terrenal, donde lo visitaban sus discípulos de vez en vez, es posible que le surgieran dudas. Quizá Juan esperaba grandes cambios, una revolución, y nada estaba pasando y él, incluso, estaba en la cárcel.
Jesús contesta de una manera magistral: haciendo patente la misericordia (21 “En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista”), todo ello acorde con aquella lectura del profeta Isaías (Isaías 61) (Lucas 4:18-19) que Jesús hizo en los inicios de su ministerio:

El Espíritu del Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
A predicar el año agradable del Señor.

Pues Jesús les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí. Cuando se van sus discípulos, Jesús le explica a quienes lo rodeaban:

Quien era Juan y cuál su estatura en el Reino
24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a decir de Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
25 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites, en los palacios de los reyes están.
26 Mas ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
27 Este es de quien está escrito:

    He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz,
    El cual preparará tu camino delante de ti.

28 Os digo que entre los nacidos de mujeres, no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él.
29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan.

Es decir, el pueblo no le cabía duda que, en efecto, así había sido pues “cuando lo oyeron, justificaron a Dios”. Traduce el NT interlineal como: reconocieron la justicia de Dios. Pues se habían bautizado muchos de ellos, sin embargo, no todos opinaban lo mismo.

Las dudas y suspicacias de los fariseos e intérpretes de la ley

30 Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo bautizados por Juan.
31 Y dijo el Señor: ¿A qué, pues, compararé los hombres de esta generación, y a qué son semejantes?
32 Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dan voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no llorasteis.
33 Porque vino Juan el Bautista, que ni comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene (una de sus acusaciones favoritas).
34 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores.
35 Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.

Contrario a la actitud del centurión, estos fariseos ya habían tomado distancia desde mucho tiempo antes, de modo que cuando Juan el Bautista salió a llamar al pueblo a prepararse para la llegada del Señor, del Mesías esperado, bautizándose y haciendo “frutos dignos del arrepentimiento”, estos no acudieron. Y en su cerrazón, con nada estaban complacidos: ni con Juan ni con Jesús. Y este era su pecado: la insensibilidad, la dureza del corazón.

Jesús en el hogar de Simón el fariseo
36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;
38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;
42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.
46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.
47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.
48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?
50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

Sin embargo, no sé si por deseos de acercarse más a Jesús, o por un débil destello de luz espiritual, o como dice Mac Donald, por curiosidad, este fariseo invita a comer a Jesús. Pero pronto se revela que su corazón estaba lejos. Su descortesía demuestra su orgullo y su sentimiento de autosuficiencia, que nos hace recordar a ese otro fariseo que dijo para sí: “Lucas 18:11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano…”.
Y le demuestra su situación una mujer pecadora. Ante el reclamo “mental” de Simón, el Señor nos muestra la actitud real de este hombre. Primero le cuenta una historia con la cual deja en claro quién es quién. Sí, la mujer era pecadora, deudora, y por esa misma situación, tenía mayor amor al Señor; en cambio el fariseo, que creía que no era pecador, que nada necesitaba del Señor, demostraba su falta de amor en su descortesía:

44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.
46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.

Concluye de una manera contundente: “Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados”. Los fariseos, de nuevo, reaccionan negativamente. El centurión dijo: “No soy digno”. Estos: “¿Quién es este?”
El orgullo, la autosuficiencia, es el lado opuesto de la fe. Son el signo más evidente de la incredulidad. El camino a Dios empieza con el reconocimiento de nuestra condición pecadora y de nuestra necesidad de un Salvador. Esto nos pone en sus manos. Es como ir al médico: vamos porque reconocemos que estamos enfermos y que nuestra automedicación no sirve. No funciona. Necesitamos de alguien que nos alivie. De la enfermedad del alma (que es lo que mayor destrozo está causando en el mundo) sólo Jesús tiene el poder. La actitud correcta para acerarnos a Jesús no es la de Simón sino la de la mujer o la del centurión.

            Ahora bien, ¿dónde estuvo el reino? Pues allí donde el amor y la misericordia de Dios a través de Jesús, se manifiesta y se hace palpable en la resolución de enfermedades, incluso, de la muerte. Juan dudaba de que, si era Él el que debía de venir, es decir, quien traería el Reino de Dios, y Jesús se lo demuestra haciendo milagros. Este es el reino de Dios, un ámbito en donde Dios se manifiesta y todos podemos entrar a través de la llave de la fe. El centurión la abrió y vio cómo su esclavo volvía a la vida; la mujer pecadora, la usó para recibir el perdón y por ello una vida nueva.
            Este Reino sigue vigente y todos podemos entrar usando la llave de la fe. Ese reino está al alcance de la mano, pero envueltos en un mundo hundido en la confusión, ante tantas voces que gritan ser la salvación, el camino, la redención, el mensaje se diluye. Pero basta, sin prejuicios, abrir las escrituras y dejar que sea la voz de Dios la que nos hable para que podamos divisar el Reino de Dios y es precisamente en los evangelios donde este Reino se hace claramente visible.
            ¿Dónde está el Reino de Dios? Aquí, en el Cristo de las escrituras. Y es posible vivir en él si nos atrevemos a creer y obedecer sus mandamientos.




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