Jeremías Ramírez Vasillas
Los libros de apologética cristiana de C.S. Lewis, como Mero cristianismo, han cernido las vidas de intelectuales y científicos de altos vuelos, como la de Francis Collins, director del Proyecto Genoma Humano, y quien a partir de ahí hizo su travesía para hacerse cristiano y cristiano militante.
Cada que yo leía un libro de Lewis me preguntaba cómo se había convertido al cristianismo un intelectual ateo acérrimo y de altísimos vuelos.
Alguna vez, en una revista, leí un artículo en la que narraba su conversión, pero de manera tan escueta que sólo me quedó la imagen de Lewis viajando de noche en un camión y reflexionando en la existencia de Dios.
Tratando de saber más compré el libro biográfico sobre él: C.S. Lewis, un genio de la narración, pero olímpicamente se salta esta parte que me interesaba saber.
Hace poco descubrí que había un libro que trataba sobre este tema: Cautivado por la alegría: historia de mi conversión, en el que el propio Lewis cuenta como había dado ese paso trascendental. Procedí a comprarlo y, sin dilación, tan pronto me llegó, me puse a leerlo.
Página tras página esperaba ese momento mágico, pero Lewis se detenía largamente en detalles de cómo había sido su formación académica, su pasión por los libros y las historias fantásticas y mitológicas y el desarrollo de su pensamiento crítico y analítico, pero de la conversión, nada. Me sentí de pronto defraudado.
Cuando ya faltaban unas poquitas páginas para terminar, finalmente empieza a narrar su conversión. Su primer paso fue aceptar que Dios existía, justamente en ese camión que encontré en la lectura de la revista que mencioné. Allí, en esa noche en el camión, todo su complicado razonamiento ateo se vio de pronto confrontado y derrotado antes las evidencias de la existencia de Dios; pero, además, porque varios amigos suyos, intelectuales rigurosos y duros, se habían hecho cristianos o ya eran como JRR Tolkien, autor de El señor de los anillos. Y estas sorpresivas conversiones de intelectuales de alto nivel lo movió a decantar racionalmente lo absurdo de la idea deísta.
Luego, en las dos últimas páginas, finalmente, narra su conversión cristiana. Pero que creen. En el punto culminante Lewis da un salto y no nos cuenta nada. Simplemente dice: “Sé muy bien cuándo, pero no sé cómo di el último paso. Me llevaban a Whipsnade una mañana soleada. Cuando salimos no creía que Jesucristo fuera el Hijo de Dios, y cuando llegamos al zoológico, sí”. Y eso es todo.
Pero, a pesar de que dice que “no me había pasado todo el camino sumido en mis pensamientos, ni en una gran inquietud […] Era más parecido a cuando un hombre, después de dormir mucho, se queda en la cama inmóvil dándose cuenta de que ya está despierto”.
Sin embargo, reflexionando sobre ese larguísimo viaje de más de 280 páginas podemos intuir cómo paso.
Lewis nació en Irlanda en una familia con antecedentes clericales por parte de madre y liberales por parte de su padre. Pero no recibió una educación religiosa como tal. En contraparte, desde muy pequeño, recibió una formación intelectual e imaginativa rigurosa a través de las lecturas de muchos libros, pues en su casa si algo había eran libros.
Un día leyendo uno de esos libros experimentó una sensación sublime (que él denomina “Joy”) al leer unos poemas, y prendado de esa experiencia buscó repetir la experiencia a lo largo de su vida formativa, pero salvo algunas raras ocasiones, el pez escurridizo de la alegría se escabulló y tal parecía que nunca más la iba a tener, aunque la buscó afanosamente en el goce intelectual, sensual y sexual, y en la experiencia hedonista, pero no lo logró.
Lo que sí logró fue desarrollar una poderosa imaginación e intelectual que le brindó una sólida formación para ser escritor. Pero también lo habilitó para convertirse en un excelente profesor de Cambridge y otras universidades; fue un medievalista de respeto por la profundidad de sus conocimientos de este tema. Tolkien lo consultaba cuando escribió su zaga de El señor de los anillos.
Sorprende mucho cómo su educación por los colegios privados de Inglaterra, (espléndidamente narrados por la película The Wall, de Pink Floyd, y dirigida con gran acierto por el cineasta inglés Alan Parker (1944-2020)) muestra justamente esta atroz educación en escuelas privadas que padeció Lewis.
Es más, la película se queda corta. La experiencia de Lewis fue mucho más atroz y de muy poco aprendizaje en el aula, salvo dos o tres maestros. Después de pasar el infierno de dos escuelas sufriendo vejaciones continuas, le ruega a su padre que lo ponga con un maestro privado, aquel que había logrado que su hermano se desarrollara intelectualmente y pasara los exámenes para la universidad sin problemas. Su padre accede y entonces el universo de rigor y la profundidad racional se profundiza y adiestra para no aceptar todo sin antes no pasara por el duro tamiz racional y comprobar que es verdadero lo que piensa. Justamente esta habilidad fue la que le permitió llegar a descubrir la existencia de Dios tras hacer un largo y riguroso análisis.
¿Quién fue ese maestro y cuál su método? Este maestro fue William Thompson Kirkpatrick (1848 - 1921), profesor irlandés y director de una escuela primaria. Es mejor conocido por haber sido el tutor de los hermanos Lewis y Warnie. Ambos vivieron en la casa de Kirkpatrick como alumnos residentes. Lewis estuvo allí de 1914 a 1917. Es decir, llegó cuando tenía 15 años y salió a los 18.
Kirkpatrick era un intelectual riguroso, duro, de amplios conocimientos. Cuando Lewis llegó a su casa empezó a acosarlo con preguntas que cuestionaban todo lo que afirmaba y le demostró que muchas de sus ideas no tenían sustento firme, eran meras opiniones ligeras, a pesar de que Lewis, ya de 15 años, tenía una cultura amplísima y cierto rigor intelectual y conocía de varias lenguas, entre ellas, el griego, latín, alemán, francés, entre otros. Y la primera tarea que le puso fue leer la Iliada en griego. Durante la mañana leía tenazmente y por la tarde tenía un diálogo riguroso a través del cual Kirkpatrick lo iba haciendo penetrar al fondo de esta obra monumental. Y con este método le fue enseñando a pensar lógicamente y con rigor.
No es un libro fácil, pero altamente recomendable para quien se quiera dedicar a escribir profesionalmente. Da cuenta pormenorizada de esta larga trayectoria que lo hizo un gran intelectual y un genio como escritor. Aún en sus libros apologéticos cristianos, como en el Problema del dolor, El peso de la gloria y Mero cristianismo, se trasluce ese rigor intelectual que aprendió con su profesor Kirkpatrick.
Si quieren leer la propuesta inteligente e intelectual y racional sobre el cristianismo, lean cualquiera de los libros mencionado. O bien, si quieren conocer literatura imaginativa de alto nivel, lean su trilogía de ciencia ficción: Más allá del planeta silencioso, Perelandra, un viaje a Venus y Esa horrible fortaleza o Esa Fuerza Maligna. O bien, la serie Crónicas de Narnia.
Repito, todos sus libros son de un gran valor literario. Definitivamente era un genio de la narración y un cristiano admirable.
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