sábado, 19 de diciembre de 2020

NAVIDAD EN LAS MONTAÑAS



Jeremías Ramírez

Hay libros que logran alojarse en el corazón regalándonos una nota de ternura invaluable. De este tipo son El principito, de Antoine de Saint Exupery, El Quijote de la Mancha, de don Miguel Cervantes y Saavedra, Canción de Navidad, de Charles Dickens o Navidad en las montañas, de Ignacio Manuel Altamirano.

Este último lo leí cuando estaba en la preparatoria y por el candor de su relato me propuse leerlo cada Navidad, pero no cumplí mi promesa, aunque en algunos años logré hacerlo.

Este año descubrí que un amigo mío, Carlos Martínez (periodista de La Jornada e investigador), coordinaba un club de lectura en línea y me inscribí. El libro que tenían de tarea en ese momento era justamente Navidad en las montañas. Como ya lo había leído pensé saltarme la tarea, pero me enviaron un ejemplar digital publicado por la UNAM que tiene un hermoso diseño editorial.

Leí las primeras páginas y, como me suele suceder últimamente, encontré que los capítulos iniciales no los recordaba, y seguí leyendo hasta que, atrapado por la historia, me seguí hasta terminar el libro.  

Me encantó una vez más la sencillez narrativa. Recordaba escenas importantes como la cena o la misa de gallo, pero ya no recordaba esa delicada manera de construir el relato y narrar escenas íntimas con tal candor y delicadeza que parecía como si Altamirano estuviera confesando sus vivencias a un amigo entrañable, y nosotros teníamos el permiso de escuchar esa confesión. 

Cuando terminé la lectura una cosa me quedó clara: don Ignacio Manuel Altamirano era un gran escritor. Hace varios años había leído El Zarco, cuya trama tiene mayor tensión dramática, pues se trata sobre la vida de un sanguinario delincuente que asoló las regiones de Puebla y del Estado de México.  

Navidad en las montañas es su antípodas. Aquí, la tensión dramática es de baja intensidad y se da entre la amargura del personaje principal, con una serie de encuentros venturoso, en un pueblito de la montaña. 

Los capítulos iniciales son una remembranza del personaje (un capitán del ejército de Juárez desencantado de la vida y amargado por las vicisitudes de su existencia) mientras vaga en su caballo por las montañas hundido en su melancolía. Va acompañado por un ayudante quien se ha adelantado y le advierte que acaba de encontrar a un cura del pueblo, un español, que lo espera para acompañarlo al poblado a dónde planea pasar la noche de ese amargo 24 de diciembre.

Al saber que es un cura español se siente aún más desalentado pues no sólo le molestan los curas, sino que éste, además, es español. Pronto lo alcanza, pero para su sorpresa, se encuentra con un hombre sencillo, un verdadero apóstol de Cristo, que ha renunciado a las prebendas de la iglesia para entregarse a un apostolado fiel a las enseñanzas del evangelio, con humildad y amor por los feligreses.

A través de la charla va conociendo los pormenores del trabajo de este siervo de Dios que ha redundado en el bienestar espiritual y económico, lo cual se ha materializado  en el progreso del pueblo, al enseñarles, además del amor de Cristo y una nueva forma de relacionarse unos con otros siguiendo las enseñanzas del evangelio, a mejorar su viviendas, a practicar nuevas técnicas de cultivo que les ha permitido un mayor bienestar económico, el valor de la educación y ha reconstruido la escuela y con todo ello ha logrado establecer el amor y la cordialidad entre todos, creando un sentimiento de hermandad.

El militar, asombrado, le expresa su admiración y cuando finalmente llegan al pueblo advierte que el sacerdote no ha mentido: el pueblo rebosa de un sincero amor entre ellos y a su guía, a su pastor, a quien le llaman “hermano cura”.

Admirado ve el progreso de esta gente humilde que ha recobrado su dignidad como seres humanos. Sin buscarlo, todo lo que soñó que la Reforma emprendida por Juárez iba a lograr y no ha podido, este sencillo cura lo ha hecho con las enseñanzas del crucificado y con su comportamiento ejemplar.

Bajo ese halo asiste a la misa de gallo y luego al banquete navideño y culmina con la reconciliación y reencuentro amoroso de dos jóvenes amantes que estuvieron separados por las circunstancias, pero que ambos han cultivado los mejores dones del ser humano, y unen su existencia en el cálido círculo del amor.

Cabe señalar que la novela pinta de vivos colores una utopía, esa con la que han soñado todos los reformadores, todos los revolucionarios, y que se puede lograr bajo el poder y sencillez del evangelio de Cristo.

Altamirano, nos dicen sus críticos, con este libro buscaba generar un paradigma que le sirviera de guía a los revolucionarios del momento y del futuro.

Navidad en las montañas (1871) fue su tercera novela, escrita por encargo de Francisco Sosa (1848-1925), coordinador de Álbum de Navidad

Alberto Salorio Trasviña afirma que “Esta narración, por la temática, comparte rasgos del Romanticismo social en México y por la descripción de paisajes y estereotipos de personajes, del Costumbrismo. El lenguaje va de lo lírico a los diálogos directos, enmarcados en la figura de un narrador en tercera persona. La Navidad en las montañas supone un modelo de la novelística de su tiempo, no tanto por su trasfondo ideológico como por su calidad de obra artística”. 

Pero, ¿quién era Ignacio Manuel Altamirano? Era un escritor de sangre indígena que nació en Tixtla, hoy estado de Guerrero, en el seno de una familia indígena chontal; su padre tenía una posición de mando y en 1848 fue nombrado alcalde de Tixtla, lo cual dio al niño Ignacio Manuel, que tenía 15 años, la oportunidad de ir a la escuela. Aprendió a leer y a escribir en su pueblo natal. Hizo sus primeros estudios en Toluca, gracias a una beca otorgada por Ignacio Ramírez, el Nigromante, de quien fue discípulo. En 1849 estudió en el Instituto Literario de Toluca, y derecho en el Colegio de San Juan de Letrán. Perteneció a asociaciones académicas y literarias como el Conservatorio Dramático Mexicano, la Sociedad Nezahualcóyotl, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, el Liceo Hidalgo y el Club Álvarez, formación que le permitió desarrollarse como abogado, escritor, periodista, maestro y político. Murió en Sanremo, Italia, el 13 de febrero de 1893. 


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