martes, 5 de enero de 2016

¿DÓNDE ESTÁ MI CASA?

Jeremías Ramírez Vasillas

En muchas obras literarias y fílmicas, hay un motor que mueve la historia: el anhelo de los protagonistas por regresar a casa. En una película infantil que vi hace muchos años, un camello repite todo el tiempo: “Oh, el hogar, el hogar…”. De niño o de joven nunca sentí el anhelo por regresar a casa cuando andaba de viaje, pero una vez que fui a trabajar en diciembre a Matamoros, y me enfermé, sentí unos deseos muy grandes por regresar a mi casa. Me sentía allí solo y abandonado.
            Años después, viviendo en otra ciudad con mi familia, la nostalgia me hizo añorar esa casa de mi infancia y escribí un poema:

En qué momento
la casa de mi infancia dejó de ser mi casa
su patio grande
sus paredes tatuadas de humedad
su techo de vigas,
(costillar de madera cruda,
vértebras de una singular ballena)
sus tabiques, dulces de amaranto
su gimiente puerta de madera,
su aroma a carbón a leche tierna
su danzante viento entre las tejas…
son ahora un rostro extraño
una tierra ajena
un país de ignota geografía.

Muchos creemos que podemos construir ese hogar maravilloso en un lugar de la tierra y algunos que tienen mucho dinero construyen palacios, castillos, altos rascacielos, fortalezas. Tarde o temprano la muerte les enseña una verdad dura de aceptar: su casa terrenal no es su casa eterna, habrán de dejarla con todo y lo que hay dentro, incluyendo su mujer y sus hijos.
            La muerte se vuelve tan desoladora para quienes no tienen una casa más allá de la muerte, un destino, una promesa, una esperanza.
            Don Miguel de Unamuno dice en La agonía del cristianismo: “…los hombres vivimos juntos, pero cada uno se muere solo y la muerte es la suprema soledad”.  Y aún más si morimos sin esperanza.
            Pero para los cristianos, para los que hemos fundado nuestra casa sobre la roca, he aquí una frase sumamente alentadora.

(Hebreos 13:14): “Porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino buscamos la por venir”.
            El cristiano, en algún momento de su vida, entiende que la casa terrena y la ciudad, por más amurallada que esté, finalmente, es pasajera. Sí, pasajera.
            En segunda de Corintios 5:1 leemos: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo se deshiciera, tenemos un edificio, una  casa no hecha de manos, eterna, en los cielos”.
            Mientras no entendamos esta sentencia, seguiremos buscando, aquí, construir una casa, un lugar, una morada definitiva.
            Abraham entendió esta temporalidad y nos dice Hebrero 11:9 y 10 que “Por la fe (Abraham) habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, Coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios”.
            Cristo nunca tuvo una casa, ni siquiera una tienda. Leemos en Mt 8:20: “Y Jesús les dijo: las zorras tienen guaridas, y las aves en los cielos nidos: más el hijo del hombre no tiene donde recostar la cabeza”.
            Si bien, Jesús, alguna vez tuvo una casa: la de José; pero, tan pronto salió de allí para hacer su ministerio, no tuvo más una casa. Hubiera sido un absurdo que dedicara su valioso tiempo de ministerio de tan sólo 3 años en construir una casa, comprar una hipoteca, es decir, involucrarse en los negocios de este mundo.
            Pablo tampoco tuvo casa. Errante por el mundo recibía alojamiento de los hermanos a pesar de que él era constructor de tiendas. Quizá la habitación más solida y por algún tiempo fue la cárcel. Vaya situación.
            Y ante el deseo insistente de construir en este mundo (tan endeble, tan frágil) una casa, vemos, ahora ante el embate de la furiosa destrucción del medio ambiente, lo inútil que es fincar aquí una morada con buenos cimientos, para que fuese permanente. Mi padre, un campesino y obrero de la construcción, me enseñó a revisar como lo más importante de una casa, los cimientos. Me decía que estos debían ser fuertes, hondos, de piedras sólidas, bien asentados. Pero toda la solidez que nos ofrece el mundo, como el Titanic, no es indestructible.
            ¿Qué hacer? Claro que podemos construir una casa o comprar una, pero nunca debemos dejar de pensar que por sólida que esté, es una tienda de campaña y que El Señor nos siguen llamando, como alguna vez llamó a Abraham: “Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré…” (Génesis 12:1), para buscar la casa eterna, la verdadera tierra de promisión. Esto no quiere decir que abandonemos nuestra casa física sino que nuestra alma anhele esa otra casa, esa morada celeste, eterna, perfecta, imperecedera donde estrenaremos además un cuerpo nuevo, perfecto, imperecedero.  
            En 1ª de Corintios 15:51-54 leemos: “No todos dormiremos, pero todos seremos transformados…” (53) y “que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad”. Y no sólo eso, sino que además nos promete “El que me ama, mi palabra guardará; y mi padre le amará, y vendremos a él y haremos morada con él”.  (Juan 14:23)
            El Señor va a vivir con nosotros. Y nunca más nos sentiremos desolados, abandonados e indefensos.
            Y en ese lugar encontraremos lo que en este mundo no es posible. Nos dice en Apocalipsis 21:3-4: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y el morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”.

Y no importa cuántos quieran entrar a las moradas eternas, en la ciudad permanente de Dios hay lugar para todos: “En la casa de mi padre muchas moradas hay; si así ni fuera, yo os hubiera dicho; voy pues a preparar lugar para vosotros… para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. (Juan 14:2)
            Por eso también nos invita a que hagamos tesoros en el cielo (mateo 6:19-20) y a que no “hagamos tesoros en la tierra”.
            Y este hogar, el cual no es posible imaginar, porque está fuera del alcance del pensamiento humano, alguien quien pudo echarle un vistazo nos dice: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”. (1ª de Corintios 2:9)
            Ahí es donde está nuestra casa. Cuando moriremos finalmente vamos a esa casa. Bajo esta perspectiva podemos decir con el apóstol Pablo: “Porque para mí (para nosotros) el vivir es Cristo y el morir… ES GANANCIA”. (Filipenses 1:21). ¡Gloria a Dios, porque para siempre es su misericordia!








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