Jeremías Ramírez Vasillas
Cada inicio del año la gente hace propósitos. Algunos les
parece un ejercicio valioso; a otro, una pérdida de tiempo, pero pocos piensan en
el por qué de esta costumbre, es decir, por qué la gente le surgió esta
necesidad.
La razón, creo, es porque al finalizar el año se dan cuenta
que no están satisfechos en cómo vivieron ese año. Y hay el deseo de hacer
mejor las cosas, pero apenas pasa uno o dos meses y se dan cuenta que no lograrán
cumplir sus metas. Con los años, esta insatisfacción va creciendo hasta
convertirse en un problema existencial, en una sensación de vacío.
Esta sensación de vacío, de que algo falta, de que
necesitamos cambiar, de, como decía el
título de uno de los libros de Milan Kundera, La vida está en otra parte, es lo que nos permite asomarnos al
vacío de nuestra existencia. Esta sensación es percibida por religioso y ateos,
cristianos o no, pero al parecer es mucho más acusada para quienes viven ajenos
a Dios.
El ser humano con frecuencia busca frenéticamente cómo
conseguir una vida plena, sin frustraciones ni desencantos. Afanosamente se
llena de placeres (grandes o chicos), viajes, dinero, competencias, prácticas
místicas, religiones, drogas… pero el
resultado es invariable el que rezaba una famosa canción de los Rolling Stone,
allá por los años setenta: I can’t get
satisfaction. Dice un fragmento de su letra:
No puedo
obtener ninguna satisfacción
Porque
intento, y yo intento, y yo intento, y yo intento
No puedo
obtener ninguna, no puedo obtener ninguna
Parece que la vida del ser humano es un constante encuentro
con el vacío. Grandes escritores han dejado testimonio de ellos, desde los más
antiguos, hasta los profetas de existencialismo, como Sartre y Camus.
Hace 5 mil años, Salomón, el gran rey sabio de Israel,
además de experimentar este vacío, tuvo el acierto de escribirlo, reflexionarlo
y, a diferencias de los cantantes y filósofos, sí encontró una salida a esta
situación.
El empieza su libro de esta forma categórica:
Eclesiastés 1: 2
Vanidad de vanidades,
dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad.
Todo es vacuo, sin sentido, absurdo. Todos los seres humanos
lo experimental alguna vez en su vida, pero esta , que presenta de a poquito a
los largo de la vida, de pronto se vuelve muy intensa y dramática,
particularmente cuando nos acercamos a la vejez. Y eso es así porque hay muchas
cosas en la vida que nos llenan momentáneamente y obnubilan la conciencia, pero
cuando pasa el encanto, como dicen los borrachos, cuando llega la “cruda”, es
cuando el vacío se deja sentir en todo su furor. Y todo esto sucede
invariablemente en todas las épocas y todas las clases sociales. Salomón con
una frase indicó este universo social: “debajo del sol”
He leído varias veces Eclesiastés y no había advertido una
frase recurrente. Que esta sensación de vacío que explora y expone elocuentemente
el Rey Salomón, sólo sucede en un universo particular: debajo del sol, es decir en el ámbito social humano.
La canción de los Rolling expresa pues esta vieja sensación,
que al parecer es un signo distintivo de los grupos humanos “debajo del sol”, que
viven sin Dios y sin esperanza.
Leamos los primeros dos capítulos de Eclesiastés para
revisar cuántas cosas hizo y se dio cuenta que todo era VANIDAD, es decir,
vacuo, vacío, inútil.
El versículo 3 del primer capítulo dice:
¿Qué provecho
tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?
Trabajo, ciencia diversión embriaguez, sexo desenfrenado,
muy apetitoso y estimulante al principio, finalmente dejan al Rey Salomón
vacío. Él lo experimentó todo y al final llegó siempre al mismo sitio.
Eclesiastés 1:
13 Y di mi
corazón a inquirir y a buscar con sabiduría sobre todo lo que se hace debajo
del cielo; este penoso trabajo dio Dios a los hijos de los hombres, para que se
ocupen en él.
14 Miré todas
las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y
aflicción de espíritu.
Las obras del arte y de la ciencia, al final, no nos imbuyen
a una visión, que profunda y bella, suele ser nada más de lo que hay “debajo
del sol”. Es cierto que hay arte que nos sensibiliza sobre aspectos humanos o
naturales desconocidos o insospechados y que enriquecen la visión (y que nos
acerca a Dios) hay muchas obras de artes que subrayan los aspectos negativos de
la vida, e incluso se convierten en escuela de la depravación. Y finalmente,
como sólo retratan la vida “debajo del sol” al final nos llevan al vacío.
Eclesiastés 2:
1. Dije yo en
mi corazón: Ven ahora, te probaré con alegría, y gozarás de bienes. Mas he aquí
esto también era vanidad.
2 A la risa
dije: Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto?
3 Propuse en
mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi corazón en sabiduría,
con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los
hombres, en el cual se ocuparan debajo del cielo todos los días de su vida.
4 Engrandecí
mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas;
5 me hice
huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto.
6 Me hice
estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles.
7 Compré
siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también tuve posesión grande
de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén.
8 Me amontoné
también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de
cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de toda
clase de instrumentos de música.
9 Y fui
engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén;
a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría.
10 No negué a
mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno,
porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi
faena.
11 Miré yo
luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para
hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho
debajo del sol.
Jesús, en
la charla con la mujer samaritana le dijo una de las grandes verdades sobre las
cosas que nos satisfacen nuestras necesidades (y son muy buenas), pero no
plenas, es decir, nos sacian por un momento.
Juan 4:
13 Respondió
Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed;
14 mas el que
bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo
le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
15 La mujer le
dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Pero los satisfactores divinos son permanentes y
definitivos.
El ser humano se aburre de todo, hasta de lo bueno. Cuando
los israelitas andaban en el desierto guiados por Moisés empezaron a padecer
hambre. Dios entonces les envió “pan” del cielo y lo hizo tan fiel y
puntualmente que nunca más iban a padecer hambre. Y esta situación incluso le
pasa a quien sigue a Dios, pues al ser “antojado” por el mundo, aflora el deseo
de otros satisfactores.
Números 11:4-6
4 La gente
extranjera que se mezcló con ellos se dejó llevar por el hambre, y los hijos de
Israel también volvieron a sus llantos, diciendo: «¡Quién nos diera a comer
carne! 5 Nos acordamos del pescado que comíamos en Egipto de balde, de los
pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos. 6 ¡Ahora nuestra
alma se seca, pues nada sino este maná ven nuestros ojos!»
Hay un
factor importante que nos ayuda a no desear más de lo que tenemos y nos permite
vivir en paz, apreciando lo que tenemos. Este se llama “Contentarse”, que significa “la capacidad para disfrutar lo
que se tiene”. Saber “contentarse” (no conformarse, que significa aceptar la
situación pero sin alegría) es un DON de Dios.
Eclesiastés 5:
19 Asimismo, a
todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que
coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios.
Y en este contentarse el tiempo es un factor importante.
Algo nos puede satisfacer y sentir gozo pero el tiempo pasa y lo que tenemos
nos empieza cansar. Es decir, el tiempo se convierte en un enemigo, como en un
reloj de arena cuyos granos se van diluyendo poco a poco hasta quedar solamente
el espacio vacío. Es por ello que en la vejez este vacío se vuelve más
angustioso. El tiempo se nos va, y sólo nos quedan las manos vacías.
Charles R Swindoll narra una historia ficticia que nos pone
a pesar en el valor del tiempo.
Imaginemos que
el viernes pasado, a última hora, su banquero lo llamó por teléfono y le dijo
que tenía muy buenas noticias para usted: un donante anónimo, que le quiere
mucho, había decidido depositar en su cuenta cada mañana, a partir del próximo
lunes, 86,400 centavos; es decir, 864 dólares diarios, siete días a la semana,
52 semanas al año.
Pero añadió:
“Sin embargo, hay una condición: usted debe gastar todo el dinero el mismo día
que lo recibe; ningún saldo será transferido para el día siguiente. Cada noche,
el banco, deberá cancelar cualquier suma que usted no haya empleado”.
Con una gran
sonrisa dio las gracias a su banquero y colgó. Durante este fin de semana usted
tiene tiempo para planear; de modo que toma un lápiz y comienza a hacer sus
cálculos: siete veces 864 dólares, es igual a 6,000 a la semana; por 52… Son
casi 315 mil dólares lo que tiene a su disposición si va gastando
diligentemente el dinero cada día. Recuerde: lo que no emplee lo perderá.
Bueno, basta
de imaginar.
Juguemos ahora
a ser serios. Cada mañana Alguien que lo quiere mucho deposita en su banco de
tiempo 86,400 segundos –que equivalen a 1,440 minutos: los cuales,
naturalmente, hacen 24 horas al día.
Ahora tiene
usted que recordar que aquí se plica la misma condición anterior; ya que Dios
le da esa cantidad de tiempo para que la utilice cada día, y ningún saldo se
lleva al día siguiente. No hay tal cosa como una jornada de 26 horas (aunque
algunos de nosotros quisiéramos que así fuese): desde el amanecer de hoy hasta
el de mañana, usted tiene una cantidad de tiempo determinada con exactitud.
Como alguien ha dicho: “La vida es como una moneda: se puede gastar de la forma
que uno quiera, pero sólo una vez”. (Diario de un viajero desesperado, Edit. Betania, p.
67).
Quizá por ello David le pedía a Dios aprovechar sabiamente
el tiempo.
Salmos 90:
12 Enséñanos
de tal modo a contar nuestros días,
Que traigamos
al corazón sabiduría.
Salomón finalmente
llega a una conclusión importante. Después de divagar mucho llega a la meta, a
la razón fundamental y esencial del ser humano:
Eclesiastés 12:
13 El fin de
todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque
esto es el todo del hombre.
Al final, lo que le da sentido a la vida son dos cosas
esenciales, sólo dos. Observándolas el caos y el sinsentido “debajo del sol”,
se disipa y vemos las cosas en la dimensión real. Es decir, vemos la cara y el
revés de la vida.
Temer a Dios es un principio básico, es decir, tomar
conciencia y nuestro lugar en el universo y humildemente aceptar que quien rige
todas las cosas es Él, el creador, y a quien debemos tenerle sumo respeto, el
cual, por cierto, se manifiesta “guardando sus mandamientos”. Este temor que indica la Biblia no es miedo
sino el sumo respeto como el que se observa cuando amamos a alguien. Un
indicador de amor es precisamente el respeto.
El Señor decía:
Juan 14:15
Si me amáis,
guardad mis mandamientos;
Por ello Salomón
escribió en uno de sus proverbios:
Proverbios 1:7
El principio
de la sabiduría es el temor de Jehová;
Los insensatos
desprecian la sabiduría y la enseñanza.
Una manera de vivir sabiamente y con ellos traer sentido
a la vida es lo que dijo Jesús en el
Sermón de la montaña:
Mateo 6:33
Busca
primeramente el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas serán añadidas.
Y buscar primeramente el Reino de Dios es estar atento a su
voz que nos habla a través de las cosas creadas, de los incidentes de la vida,
de las obras de arte y de su palabra. No buscar el reino primeramente es cuando
nuestros sentidos ven ante todo los intereses de debajo del sol.
Swindoll narra una
anécdota que ilustra esto cómo nuestros sentidos están atentos a otras cosas.
En cierta
ocasión, un campesino iba caminando por el centro de la ciudad de Nueva York
con un amigo suyo residente de esa ciudad. De repente, en el corazón mismo de
Manhattan, el campesino asió a su amigo por el brazo y le susurró:
—Espera… oigo
un grillo.
—¡Vamos hombre!
—contestó su amigo— ¿Un grillo? ¡Pero si estamos en el centro de Nueva York!
—Hablo en serio
—insistió el campesino—: lo oigo de veras…
—¡Imposible!
¡No puedes oír un grillo con los taxis pasando, los automóviles tocando el
claxon, la gente gritándose, ambas aceras de la calle llenas de transeúntes,
las cajas registradoras sonando, y el ferrocarril metropolitano rugiendo debajo
de nosotros! ¡No es posible que escuches un grillo!
—Espera un
momento —fue la respuesta del otro.
El campesino condujo a su amigo
lentamente. Luego se pasaron, y el primero fue hasta el final de la manzana,
cruzó la calle, miró por allá, escucho atentamente en una dirección, pero no
pudo encontrar al grillo. Entonces atravesó otra calle, y allá, en una gran jardinera
de cemento donde crecía un árbol, rebuscó en el estiércol mezclado con paja y
dio con el insecto.
—¡Mira! —gritó luego, mientras alzaba su mano con el grillo bien en alto.
Su amigo cruzó la calle maravillado.
—¿Cómo es
posible que hayas oído un grillo en medio del bullicioso corazón de Manhattan?
—Bueno —respondió el campesino—, mis oídos son diferentes a
los tuyos. Todo depende de que ellos están escuchando. Permíteme que te lo
demuestre…
Y metiendo una mano en el bolsillo sacó
un puñado de monedas.
—Ahora,
observa.
Luego
levantó hasta el nivel de su cintura y
las dejó caer a la acera: toda la gente en el área de una manzana a la redonda,
volvió la cabeza y miró en dirección al
campesino.
Todo depende de a qué está uno atento. No
tenemos bastantes grillos en nuestra mente, ni prestamos oído a ellos. Tal vez
haya pasado usted toda su existencia buscando un puñado de monedas sin escuchar
el verdadero sonido de la vida. (Diario de un viajero desesperado, Edit. Betania, p.
34).
Creo que nuestra
atención en aquello que le damos importancia. Es hora de darle importancia a
Dios para poder escucharlo, y que esa sea la meta de este año.
Señor,
enséñanos, como ovejas tuyas, a oír tu voz y a obedecerla, porque ese es el
todo nuestro. Amén.
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